ARQUITAS EN MEMORIA DE MARTA, EXTRAORDINARIA MUJER
Habíamos llegado esa tarde. Adrián, el odontólogo,caminando, porque su caballo acababa de desplomarse de cansancio casi al finalizar el viaje. Yo, con mi hijo Pablo,a quien llevaba abrazado delante mío en la montura, un poco más tarde, junto a Roque , que oficiaba de guía.
Llegamos a la casa, desesperados de sed y cansancio. Nos convidaron los exquisitos mates, que reaniman toda penuria en la montaña. Comenzaremos mañana. Hemos llegado tarde y no hay cuerpo para más. El dentista, agotado, se ha ido a dormir a la casa del administrador.¡Quién imaginaría que el Sr. Würschmidt sería mi esposo! Ni yo, ni nadie...Ahora sólo somos meros ocupantes transitorios de La Sala con un objetivo preciso. Bañé a mi hijo, disfruté luego de un baño caliente,sin apresuramientos.Y después de una mitigante cena, nos dormimos abrazados bajo el cálido techo pajizo de la casa grande.
Al día siguiente, día de sol (era septiembre), comenzamos la atención sanitaria. La casa se llenó de gente. El patio y los alrededores , de caballos. Hombres, ancianos, mujeres con niños que llegaban de lejos.Adrián se dió el gusto de dictar clases de prevención oral,les enseñó a los niños a cepillarse los dientes y a cuidar sus bocas. Niños y madres escuchaban con atención. Allí , mirándolos sentados en el suelo,a la sombra, con sus ojos fijos en Adrián, sentí que habíamos llegado al corazón de nuestros esfuerzos, y que todo había valido la pena.
Al atardecer, aún quedaban pacientes por atender. Asistimos a los últimos y nos quedamos mirando cómo se alejaban lentamente los caballos en la penumbra del horizonte. Se acercó Alberto Gutierrez,el casero.
- Dra, quisiera que antes de tomarse unos matecitos, le dé una miradita a mi suegra, que se siente un poquito enferma ,es aquí cerquita, al frente, cruzando la vertiente-
Llgamos a la casa. Se trata de una familia prolífica.¡Vaya! Prolífica es un decir. El dueño de casa es padre de veintitrés hijos.Así es, veintitrés, todos son hijos suyos de una única mujer, Marta.Sólo dos nacidos en la Maternidad, todos los demás, en la montaña.
La casa dista de ser un lugar adecuado para tan grande familia. Alrededor de un patiecito bien barrido se organizan los espacios. Al sur la cocina, de adobe sin revocar, techo de paja, típico fogón el el suelo, cadena gruesa y olla negra colgando del techo,con el fuego permanentemente encendido, adonde encuentran refugio para el frío los más chicos.Al norte ,una galería cubierta , con un mesón de aliso y sillas de cuero virgen, hechizas a mano, como dirían, depósito de monturas y de un gran telas donde la dueña dejó sin terminar un hermoso pelero de colores vibrantes. Al este, el dormitorio familiar, uno sólo, para tantos, con la curiosidad de estar sobreelevado en relación al piso, encastrado en la parte alta de la montaña. Para llegar hay que subir por una escalerilla cortada a pala y tapizada de laja. Allí, en varias camas y catres, duerme la familia toda.
Subí la escalerilla y encontré a la enferma.No estaba solo "decaída"como me había informado Alberto. Estaba verdaderamente enferma. Me senté a su lado, y luego de saludarla con respeto, le pedí permiso para tomarle el pulso. Taquicardia. Le tomé la temperatura. "Volaba" de fiebre : cuarenta y dos grados arriba...Cuando le puse el tensiómetro, ya tenía una terrible sospecha, que pronto se confirmó, 10,100,120,150,180,200,seguía subiendo...Al llegar a 300, límite tope del tensiómetro, con cada latido, la aguja golpeba allí, tratando de superarlo.Quedé atónita...¿Se habría roto el tensiómetro durante el viaje? Se lo saqué y me lo puse en mi brazo.Lo probé, marcaba 120-80 mm Hg. Completamente normal. Otra vez procedí a controlarle la presión, y en el otro brazo, también. Nuevamente subió al tope. Me sentí mareada de la angustia. La ausculté nuevamente. La taquicardia era importante.Los pulmones casi no ventilaban.
- ¿Tose mucho? Le pregunté.
- Y...sí...con mucha espuma marroncita, así como anaranjadita, mas o menos...Creo que es la neumonia que siempre me da...
¡Neumonía!...y bilateral...con una hipertensión gravísima, además...
Hasta ese momento mi paciente señora había permanecido sentada, con las piernas flexionadas, cubierta con las mantas. Casi desmayé cuando para completar el examen, la decubrí y comprobé que estaba embarazada. Y por el tamaño...
- Y...sí...de ocho meses y medio...calculo yo...
Pero...¿No tenía 48 años? Sí.
- Y bue...con éste voy a completar las dos docenas- me contestó.
A esta altura, no sabía yo frente a qué leyes de la medicina me estaba enfrentando. Esta situación superaba todas las predicciones posibles. El año anterior le había pasado lo mismo! Después de una crisis y tras una brusca hemorragia nació el hijo muerto. La hemorragia se había cohibido sola. Y ella se había salvado...Ahora se repetían las condiciones, con el agravante de la neumonía doble.
- ¿No le duele nada?¿No se siente mal?
- Y...un poco mareada, un dolorcito aquí, en el costado, nada más.
- ¿No le duele la cabeza?
- No dotora. Mujer de excepcional resistencia....
Yo no me lo podía creer. En las guardias , habíamos recibido pacientes con presiones mucho menores,que lloraban de dolor, los ojos enrojecidos, la cara sofocada. Y esta valerosa mujer,respiraba un poco aceleradamente. Pero nada más...Nos mirábamos ambas, con pensamientos diferentes.Yo imaginaba que tenía delante mío una pompa de jabón.Un desliz y se rompía...Ella se preocupaba porque había dejado ropa sin lavar al lado del río, el pelero sin terminar, la comida sin hacer...Le tomé la presión una vez más, como para convencerme, y salí.
Afuera me esperaba su esposo. Ya había caído la noche.Y muy oscura.
- Don... su señora está muy grave. Le tengo que decir la verdad. La tenemos que bajar como sea, porque hay que hacerle una cesárea.
Don...me miró como si le hablara en chino, textualmente . - ¿Será cierto lo que me dice usted dotora? Porque ella se la ve "biencito"...
- Sí, don...pero está muy, muy mal, los pulmones no están respirando,y un poco que se mueva, con la presión tan alta como la tiene , le va a pasar lo mismo que el año pasado. Pero esta vez no se van a salvar ni ella ni el bebé.
A esa hora ya no se podía hacer nada.Volví acongojada por el oscuro monte,acompañada en medio de la noche ,por un perro y un niño pequeño. Nadie durmió en la casa grande. Sólo mi hijo soñaba vaya a saber qué cosas...Alberto coincidió conmigo en que había que bajarla. Apenas amaneció nos dirijimos todos a ver a la enferma. Lo único que había tenido para medicarla eran un jarabe de amoxicilina y uno de dipirona. Con eso había cedido la fiebre,pero la presión seguía altísima, a pesar de los tés caseros que le había preparado el esposo . No podíamos convencerlo de que teníamos que bajarla a la capital. En un momento dado, después de mucho hablar, desaparece, se va. Bueno, me digo, va a preparar los caballos. Al cabo de una hora, regresa,diciendo que nos convidaba unos mates con pan y quesillo ¡Había ido a traer quesillos!!! Adrián desesperaba de la impotencia. Y así se pasó el mediodía, tratando entre varios de convencer al marido. Al fin, después de muchos ruegos, accedió a enviar a uno de sus hijos hacia Ancajuli a buscar ayuda.
- Yo no doy más - dijo Adrián - voy a bajar a pie a buscar ayuda para esta mujer. Hay que aclarar que en esa época no había radio de comunicación, la cual coloqué mucho después, tampoco había celulares,como hay ahora. Estábamos aislados en el cerro. Así fue, y con otro de los hijos,se largó a pie por el sendero con el propósito de llegar hasta la casa del sr Würschmidt y conseguir que enviara el avión hacia Ancajuli. Le quedaban por delante seis o más horas de viaje...
Vimos partir al hijo que iba hacia Ancajuli, en su caballo, con una parsimonia espantosa.Salió a la una de la tarde. Eran las siete y aún no regresaba. Ya anochecía cuando lo vimos bajar al tranco lento por el cerro del frente. Ya había avisado a los comuneros . Vendrían mañana.
Esa noche me trasladé a la vivienda. Y estuve toda la noche con la enferma. Tomándole el pulso, controlando al bebé. Y rezando para que no muriera. A la mañana siguiente amaneció nevando.
A pesar de la claridad matinal, las nubes altas y el frío, los copos caían lentos, pequeños como plumas, suaves y livianos. Era un paisaje de ensueño. Con mi hijo mirando a través de la ventana, todo parecía hermoso. Abrigué a mi hijo,Pablo quedó como un osito,sólo se le veía la naricita. Yo también me abrigué lo más que pude. Hacía frío, frío de verdad. Me preocupé, porque el frío agrava las tensiones.
Uno diría que todo resultaría en un proceso rápido y tranquilo. Pero, en la montaña, las consideraciones que deben guardarse para con un enfermo, son mucho mayores que las que exige un ciudadano común, acostumbrado a las manipulaciones médicas, sin prejuicio alguno. En un principio, mi paciente no aceptaba ser trasladada.Ahí me tocó a mí ser la paciente médica y convencerla realmente fue todo un éxito terapéutico, pero esto no hubiera sucedido si no fuera que previamente habíamos convencido al esposo de las conveniencias de tal traslado. Digo "habíamos" porque entre Alberto, los hijos, los comuneros y yo ejercimos una presión continuada e invalorable para que el hombre diera el "sí". Luego de ello,la enferma se dejó meter en la bolsa, pero al salir al patio se cubrió la cara con ambas manos y con una campera se tapó la cabeza, y nadie pudo observar su rostro durante todo el trayecto, tal era la vergüenza de ser trnsportada por otras personas en ese estado. No fue nada fácil enfrentar esa situación y proceder como si nada pasara.
Se organizó la caravana y comenzó la marcha. Bajo la nieve, con una luminosidad cada vez más creciente,ascendimos la cuesta inclinadísima del primer cerro, muy lentamente.Dos hombres adelante, cuatro llevando la escalera sobre los hombros, dos hijos caminando atrás, dos más a caballo. Cerrando la marcha, Alberto, y yo , de a caballo, mochila al hombro, con Pablo adelante, a quién sostenía con el brazo izquierdo mientras con la derecha sostenía las riendas del caballo. Ibamos lentamente, en parte por lo difícil del terreno,dificultad agudizada por la nieve, en parte porque eran pocos hombres y en gran parte porque el bulto de la enferma en la escalera era impractiquísimo para llevar. A veces, alguno de los hombres daba un trapiés y yo achicaba los ojos al ver cómo se inclinaba peligrosamente la escalera, bamboleándose sobre el abismo. Luego vino el descenso,con iguales dificultades y por fin, la quebrada larga. A pesar de la carga y de la fatiga, hicimos el traslado en tiempo récord: en cuatro horas estuvimos en Ancajuli. Eran las dos de la tarde.
Colocamos a Marta en una cama del dispensario, la única. Busqué desesperadamente un hipotensor y lo encontré. No el más adecuado, pero servía. Logré, con sucesivas inyecciones hacer descender la presión de 300 a 180, no más, pues era peligroso para el bebé por nacer. Más tranquila, la paciente se durmió, cansada y menos agobiada.
Yo salí a la pista, en una de cuyas cabeceras se habían sentado todos los viajeros a esperar el avión, que suponíamos, tendría que llegar esa tarde. Esperamos allí, sentados en el pasto, charlando, una, dos, tres horas. El cielo se había limpiado y lucía celeste, con todo su esplendor. Nuestros oídos se aguzaban tratando de sentir el motor del avión en la lejanía. Nuestros ojos inutilmente escudriñaban el cerro que llaman "la pantalla" en búsqueda del punto luminoso descendente, listo para aterrizar.
Los comuneros , cansados de la tarea fatigosa, deseosos de volver a sus hogares, fueron retirándose uno a uno. Al anochecer quedamos en el dispensario, a la luz de una vela,la familia, yo y Pablo, mi hijo. Con el apuro, y convencidos de que apenas llegáramos vendría el avión, nadie había traído nada para comer. La comuna de Ancajuli brillaba por su ausencia. La casera de la Sala de Ancajuli nos alcanzó un pan amasado y mate cocido. Cenamos un pedazo de pan cada uno, porque éramos muchos y yo dejé mi pan para Pablo, que desfallecía de hambre, pobre. Los hombres se acomodaron en la sala de atención. La enferma, en la única cama, en su bolsa de dormir,Pablo y yo en la habitación del enfermero.Nosotros en el suelo de piedra laja, las cabezas sobre las monturas y cubiertos con los peleros de los caballos. La preocupación de mi hijo era manifiesta. No se dormía, preguntándome si esa señora ya se moría. Era evidente que sentía mi angustia y la de los demás. Durante toda la tarde había repetido sin cesar, mirando el horizonte: ¡Es el avión, es el avión!...Ahora, con el silencio, todos dormidos, en ese ambiente inhóspito, me costó tranquilizarlo. Por fin logré que se durmiera. Pero yo no dormí. Con la angustia de permanecer esperando otro día más, la presión de la enferma subía peligrosamente y había que mantener un permanente control.
Amaneció, por fin. Me temblaban las manos.Los nervios a punto de estallido. El hambre me atenazaba el estómago. El frío de la noche y el suelo duro y helado me habían aterido mandíbula, manos y pies. Volvimos a esperar. La mañana era de sol, límpida, impecable,azul, perfecta. Alguien nos alcanzó mate y eso bebimos.Esta vez quedamos solos, el esposo, Pablo, yo y mi paciente. Los hijos regresaron a la casa a cuidar del ganado.
Eran las dos de la tarde cuando el ruido del motor sacudió nuestro letargo, mientras sentados al lado de la pista, observábamos incansablemente el horizonte. Sólo el que alguna vez esperó con ansias el avión en el cerro sabe lo que eso significa, es algo que no tiene explicación. Mirar y mirar el horizonte para ver llegar el punto salvador. Al grito de : ¡El avión,el avión!, todos nos levantamos al unísono como por un resorte. Carreteó por la larga pista de tierra y se acercó delicadamente, como un ave inmensa. En un santiamén acomodamos a la enferma. Subimos el esposo, Pablo y yo, y como en un sueño, nos elevamos como ángeles sobre el horizonte azul.Abajo pasaron raudamente cerros nevados y ríos. Y quedaron atrás.Atrás quedaron el eterno esperar, el hambre, la fatiga, el frío.Ahora todo parecía acelerarse.
Juntos llevamos a Marta hasta la Maternidad sin tardanza.
Le preguntó a la enferma si le dolía algo, si estaba mareada.
- Un poco el costado- fue la respuesta.
Con un dejo de suficiencia profesional se dispuso a controlar la tensión arterial. Infló el manguito del tensiómetro y al llegar al máximo comenzó la cuenta. De pronto, inclinando el busto hacia adelante y abriendo desmesuradamente los ojos, lo deinfló nuevamente y volvió a contar. Yo ya sabía lo que estaba sucediendo.Así como estaba, dejó el tensiómetro en el brazo y salió apresuradamente. En un instante, la guardia hervía de practicantes y enfermeras. Llegaron al mismo tiempo,el médico clínico, el obstetra y la jefa de la guardia. Por supuesto, el caso era extraordinario. En el pasillo se escuchaba : ¡24 hijos! ¡Neumonía! ¡Crisis hipertensiva, increíble! ¡No es posible! ¡Misterio! ¡Impresionante! ¡Extraordinario,qué mujer, qué resistencia, no le duele la cabeza, siquiera...
Se preparó el quirófano en un instante. En la jefa de guardia reconocí a mi amiga Nelly Salazar, quien iba a practicar la cesárea. - Ven- me dijo - cámbiate para que entres al quirófano conmigo.
Mi paciente estaba muy tranquila. Sonreía y contestaba con paciencia y con su habitual estilo imperturbable todas las preguntas de los practicantes curiosos.La cirujana le preguntó por protocolo si deseaba que le hiciera una ligadura para no "encargar" más hijos.
- Más vale- le contestó sonriendo.
Así, fue adormeciéndose y se procedió a la cesárea. Lo que ví sólo pertenece a los claustros médicos, pero también fue algo extraordinario. Todo funcionó a la perfección, la presión controlada por la medicación, la hipoventilación con oxígeno.
Y nació la niña. Blanca. Gorda. Rosada. Sin signos de sufrimiento fetal. Como nunca ví un bebé nacido por cesárea. Llena de un unto grasoso como manteca.
Lloró con un sonido hermoso. El más bello que nunca escuché jamás.

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