NOSTALGIA
A veces siento nostalgia de cabalgar. Hay muy distintas formas de hacerlo. Se puede andar muy despacio, por el lecho de un río pedregoso y entonces siente una misma el cansancio del animal luchando contra las piedras que le astillan los cascos. Pareciera que bracea en el agua, pero es que se le hunden las patas en el terreno pedregoso y cada paso le cuesta un tremendo esfuerzo.
Se puede cabalgar al trote, en un camino llano, que pasa por debajo de sombras verdes y en donde todo huele a humedad. Cantan los pájaros, escondidos en el ramaje. Abajo, el suelo se cubre de frutillas silvestres, y al pasar, estiro la mano para ir saboreando algunas. No son muy dulces, pero son muy frescas y calman la sed. A veces dan ganas de cantar, o silbar y dejo entonces que el resto de la comitiva se adelante un poco, me rezago atrás, para hacerlo con comodidad.
Cabalgar en un día límpido y celeste, fresco y sin viento, es lo mejor, pero para un trayecto corto. La imagen de las montañas cercanas se pega a los ojos, nítida, luminosa, con todos sus detalles. La ropa no es molesta, el caballo está brioso, con ganas de andar. El campo huele bien, las flores crecen en cualquier parte, con matas de color. La gente, los chicos, salen a andar a los caminos. Los cruzamos y nos saludamos.

Para bajar y subir montañas, para grandes cabalgatas, hay que disponer de un caballo manso, guapo y aguantador. Baqueano en el conocimiento de los caminos, de día y de noche, que no tema el rayo ni el estampido de un revólver, ni tampoco que le tenga miedo al lodazal. Cuando se tiene ese tipo de caballo entonces el viaje se transforma en una aventura extraordinaria. Caballo y jinete se entienden perfectamente el uno al otro, y a la hora de cabalgar pareciera que se hubiera nacido sobre el caballo, tan coordinados son los movimientos de una con el animal. Entiende cuándo hay que salir de un apuro y dar un salto, cuándo poner esfuerzo en arquear el lomo para trepar una pendiente escarpada. Cuándo debe tantear con sus patas delanteras cuando el camino resbala y las piedras caen... Cuando se trepa, el caballo arquea el lomo y suda copiosamente, yo me inclino hacia adelante, sigo con atención sus movimientos, para causarle el menor peso posible. Resopla y jadea. Cuando es mucha la subida, le tiemblan las patas delanteras, y a veces se le doblan del cansancio. Hay que llevarlo entonces haciendo ondulaciones en la ladera. Para un lado, para el otro. Un pequeño descanso para recuperar fuerzas y observar el paisaje y seguimos. Cuando llego a la cima siempre desmonto, para que el animal descanse, mastique unas hierbas refrescantes, y para estirar las piernas, que de tanto apretar quedan temblorosas y doloridas.
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Si hay que descender, es preciso componer la montura. Siempre he preferido la montura pequeña, de doble cincha. La inglesa , si es para pasear o para cortos viajes. Pero para largas horas de trajín no hay como la montura criolla, alta y llena de cojines o aperos tejidos con la lana de las ovejas propias. Una vez cinchado el caballo ( Hay veces que hay que tener cuidado, sobre todo con las mulas, que hinchan a propósito el abdomen en el momento de la cinchada, y luego la montura queda suelta) comienza el descenso. Es necesario mostrar firmeza. Es cierto que, allí arriba en la cumbre de una montaña y , frente a frente con un enorme abismo verde oscuro o rojizo, talonear al caballo para que se anime a bajar por un sendero estrecho sin garantías de ninguna especie, es algo que tampoco a nosotros nos anima demasiado. Mas es preciso superarlo y taloneando le indicamos que no estamos dispuestos a ceder. Meneando la cabeza, se decide a bajar. Entonces es cuando mas tenemos que confiar, porque una flaqueza en el pulso es sentida de inmediato por el caballo, que retrocede, se sale del camino o se para.
Bajamos, lentamente al comienzo, con el fin de que vaya tomando confianza. Luego mas rapidamente. Despues de algun trecho, comienzan a doler las rodillas ya que durante el descenso se deben poner ñlas piernas tirantes, apoyar los talones en el estribo y arquearse hacia atras. Cuando mas inclinados, mejor. A veces, aqui suelen suceder algunos trances desagradables. Uno es que la montura , demasiado floja, de pronto se corra hacia adelante y quedemos como por arte de magia , sentados en el cuello del caballo. A veces, la soga de seguridad que lleva al cuello se desprende sin ser vista y se enreda en las patas del caballo. Otra, que tropiece en una piedra, o que del cansancio se le doble una de las rodillas, como pasa a menudo cuando el viaje es largo, de muchas horas, o cuando hay mucho barro en el camino. En ambos casos, el caballo cae bruscamente hacia adelante. Y si no estamos atentos y si no se tiene los reflejos condicionados, es muy posible que pasemos rodando por encima. Es por ello que siempre hay que tener la rienda en la mano, fuertemente, y si es posible, en las dos manos. Porque al instante de sucedido el accidente hay que dar un tiron hacia atras. Esto logra que el caballo se encabrite hacia atras, salvandose y salvandonos de la caida. Si lo hicimos bien, hemos ganado en el caballo un amigo, ya que no olvidara nunca que puede confiar en nosotros. El resto del viaje se hara entonces mucho mas facil.
Con el barro y los pantanos, en los alrededores de Chaquivil y San Jose, tambien se necesita un caballo resistente y sin miedo. Baqueano. Porque digo sin miedo, y es porque muchos animales han caido o se han golpeado malamente al atravesar un pantano y ya no quieren volver a cruzar un pantano o por lugares donde haya barro. A estos caballos no los podemos usar porque se atontan, se empacan o se enojan y con ello corremos peligro. Pero cuando el caballo es bueno, que emocion intensa el aventurarse en el lodo. Tantea con las patas delanteras y se echa a andar con fuerza. Aqui sentimos como propias las patas del caballo, porque nos trasmite por todo el cuerpo la firmeza de sus patas. Apoya, afirma, apoya, se desliza, firme. Apoya, resbalon, se inclina hacia un lado y con enorme esfuerzo suyo y nuestro sale, apoya, afirma nuevamente, sale. Voy quedando salpicada de barro, el caballo por entero, yo, la espalda, las piernas, la cara , el pelo. Son momentos de lucha, en los que nadie habla, por lo intenso y peligroso. Estamos expuestos a caer rodando, jinete y animal. Vamos llegando asi a la parte mas honda. Como hundiendose, el pecho del caballo se empapa de barro. Las ancas se hunden , tambien. El animal bracea y patalea con todas sus fuerzas. No puede quedarse quieto. Resopla y se le hinchan las narices. Un instinto de supervivencia en su lucha contra la cienaga. Y aqui si que nos embarramos. Las botas se cubren, el pantalon se empapa. La camisa ya no se ve.A veces un escalofrio del lomo o un movimiento de la crin del caballo nos tira lodo a la cara. A los ojos , a veces. Por eso es preciso concentrarse. Son minutos de lucha. Si no quedamos alli, salimos. Eso es todo. Salimos. Cada vez con menos barro, con islotes de pasto, con piedra, el caballo pisa mas firme. Por fin, tocamos tierra solida y segura. No solo el caballo transpira. Ambos necesitamos respirar y descansar un rato. Luego seguiremos.
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Cuando llueve, el andar cabalgando tambien tiene sus variantes. Tenemos la gran tormenta, que se desencadena de pronto, sin aviso. Casi siempre vamos vestidos de verano. Hace calor. Un rayo azul violeta parte un arbol cercano. El caballo alza las orejas y todo su cuerpo vibra. Esta alerta y temerosoSon pocos los caballos que no tiemblan ante el rayo, y personas tambien. Y si vamos cabalgando sobre una colina descampada donde somos lo mas elevado... No es necesario apresurar al caballo. Solo tiende al galope. Llueve copiosamente. Todo se hace agua. El sendero, que chapoteamos al galopar. La montura, que se torna escurridiza, la ropa, que gotea. Muevo los dedos de mis pies en el calzado: flotan en el agua que llena las botas. Cesan los rayos, mas continua lloviendo. Se hace agradable el galopar con la lluvia pegando en el rostro, escurriendo por el cuello, por la espalda. Aun hace cierto calor. El pelo empapado me cubre los ojos. Agito la cabeza y continuamos. Todavia el sendero no es resbaloso. Podemos galopar con tranquilidad. El agua es una bendicion de Dios.
Cuando llovizna y hace frio, hablamos de otra cosa. Es muy conveniente no dejarse mojar. Porque hacer frio, hace y mucho. Bien abrigada, medias de lana, buzo, campera, guantes de cuero, gorra y bufanda. Una capa protectora de la lluvia. He probado todos los estilos de proteccion. Chaqueta y pantalones de plastico. Capas con mangas , sin mangas . He llegado a la conclusion que lo mejor es una capa tipo poncho , con capucha o sin ella, con amplio sombrero aludo de fieltro. Cubre todo, a nosotros, a las alforjas y hasta protege al caballo.
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Y aun a pesar de ello no podemos evitar la llovizna fria en la cara y la sensacion de estar quemandonos la piel. El entumecimiento llega al maximo ,y si no nos hemos abrigado bien podemos llegar a pensar que vamos a morir de frio. La tarde llega con llovizna y silencio. El pasto humedo. Las ramas mojadas goteando por doquier. La oscuridad avanza. Solo se oye el ruido de los cascos golpeando contra las piedras. Soledad gris y pesada. El rio crece y resuena su murmullo. Como un grifo abierto. Las casas oscurecen. Los techos humean. En cuanto lleguemos, vamos a encender un fuego en el hogar y a calentarnos bien , mientras saboreamos mate dulce, queso recien hecho y tortilla calentada al rescoldo.
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Si vamos a cabalgar de noche, el caballo ha de conocer el terreno. Porque el y solo el ha de ver el camino. Nosotros, aferrados a las riendas, apretando las piernas a la montura, afirmandonos en los estribos, no vemos nada : NADA. Pero NADA, NADA de NADA. Es tan oscura la noche cuando no hay luna o cuando llueve. Podemos pasar las manos sobre los ojos, muy cerca , y sin embargo no las vemos. Ni un rastro. Ni una direccion. Pero el caballo va. Sube y baja. Trepa y desciende. Con mucha cautela, con sumo cuidado. Tantea y se larga. Sentimos que resbalamos por un tobogan de oscuridad. Queremos creer en el caballo. Lo hacemos, porque no nos queda otro remedio. Tratamos de imaginar el camino, los recodos, las piedras. Pero no. Es imposible. Solo nuestro caballo "lo ve" . Hay momentos que nos parece sentir la mirada del puma acechando en los montes, nos da un escalofrio en el cuello. Hasta que divisamos muy a lo lejos una tenue luz , o luces de linternas de los chicos que salen a encontrarnos. Y llegamos, sanos y salvos, gracias a Dios. Y a nuestro caballo, por supuesto.