Pasa el tiempo. Cuando regreso la mirada hacia atràs, veo que ha pasado el tiempo. Cuànto tardarè en terminar este libro de mis recuerdos. Quizà nunca. Quizàs siga escribièndolo el resto de la vida que me resta. Porque los recuerdos y las emociones que nos han hecho tan felices y los dolores que nos han dejado cicatrices tan hondas, se los revive una y otra vez. Una y otra vez.
En este anochecer de mùsica de Chopin, con la suave llovizna del otoño que ha dejado hojas amarillas en mi ventana, vuelven a mi alma las soledades inmensas de la montaña. Aquì, tan cerca del mar, casi una Alfonsina tocando la arena, deseando ser esa mujer màs bella del mundo, con la garganta al viento, no deseando amar...aquì llegan desde lejos las voces de esa montaña tan amada. Los alisales. El olor de los caballos sudorosos. El olor de la piel teñida de humo de queñua, el gorgoteo del agua de la vertiente que se desliza apresurada entre las piedras.
Sè que mi aviòn. El pequeño. Està tambièn muy quieto en un lugar oscuro. A veces lo visitan los niños. Se trepan en èl. Juegan. Ignoran su historia, que nadie contarà. Quizà yo pueda sacarlo del olvido. A èl, que compartiò mis momentos màs difìciles, mis penurias, mis sueños. Mis alegrìas. Quizà pueda, pequeño HZP. Salvaste a tanta gente. Llevaste tanto consuelo. Tanta esperanza.
Alguna vez te robamos. Sì. Y ese atardecer aceptaste compartir el riesgo, y te dejaste secuestrar con toda la emociòn de un avioncito del cerro. Recuerdo...
Era una tarde de verano. Perfecta. Lìmpida. Pero todo lo perfecto dura poco, dicen. Aunque para mì lo perfecto no es siempre la mar en calma. Me avisan que habìan llamado por radio desde Chaquivil. Una mujer estaba sufriendo una hemorragia ginecològica. "Si me llamaron es porque las cosas estàn mal", pensè. "Me llaman ahora y debe estar muy mal", pensè. Me puse en contacto con el piloto. "no hay nadie en el aeropuerto" contestò. Debo haber tenido mucha capacidad de convicciòn en ese momento, pienso. Mi desesperaciòn debe haber sido contagiosa. "Alguien habrà, vamos a ver"
Llegamos al aeropuerto y verdaderamente no habìa nadie. No habìa nadie en el enorme salòn, nadie en el bar, nadie en las oficinas...En verdad, parecìa un aeropuerto de esas pelìculas donde todos han desaparecido de manera extraña. Nadie.
"Podemos hacer algo", me insinuò el piloto. "Pero vas a tener que afrontar las consecuencias", si pasa algo. "Què, què " le preguntè. Què me importaban las consecuencias...
No voy a decir què se hizo. Nooooo, jaja. Pero al abrir las compuertas enormes del hangar allì estabas vos, mi pequeño aviòn. Con tus alas desplegadas. Con tu tanque lleno. Listo para volar.
La tarde siguiò siendo perfecta. Los ùltimos rayos del sol enrojacìan el borde de la montaña. Perdimos contacto con la radio. Apagamos los motores. Y nos descolgamos del cielo sobre la montaña que ya se estaba volviendo oscura. Nos esperaban. El esposo. Los hijos pequeños. Imagino sus horas mirando el cielo. Rezando...
Alzamos entre todos a la mujer en una silla . Y trabajosamente ascendimos la cuesta hasta la pista hùmeda . Ya no habìa tiempo que perder. Casi no nos hablaba.
Con la mujer en el asiento de atràs y yo en ese santo rincòn que tenìas en la espalda, avioncito, rugiste al despegar de la montaña. No habìa viento, no hacìa frìo. El sol ya se ocultaba. Despegamos con las ùltimas luces.
LLegamos al Aeroclub casi anocheciendo. Llamamos al servicio de ambulancia. Y partì con mi paciente hacia la Maternidad, mientras el piloto regresaba a su casa. Ella fue intervenida. Trasfundida. Salvada. No era necesario que el cirujano me dijera nada. Ya sus ojos lo decìan todo. Llegamos en el momento justo.
Y tù te quedaste , pequeño. Escondido en el hangar del Aeroclub. Modesto. Callado. Esperando tu pròximo desafìo.

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