domingo, 7 de mayo de 2023

El tiempo pasa...


 Pasa el tiempo. Cuando regreso la mirada hacia atràs, veo que ha pasado el tiempo. Cuànto tardarè en terminar este libro de mis recuerdos. Quizà nunca. Quizàs siga escribièndolo el resto de la vida que me resta. Porque los recuerdos y las emociones que nos han hecho tan felices y los dolores que nos han dejado cicatrices tan hondas, se los revive una y otra vez. Una y otra vez. 

En este anochecer de mùsica de Chopin, con la suave llovizna del otoño que ha dejado hojas amarillas en mi ventana, vuelven a mi alma las soledades inmensas de la montaña. Aquì, tan cerca del mar, casi una Alfonsina tocando la arena, deseando ser esa mujer màs bella del mundo, con la garganta al viento, no deseando amar...aquì llegan desde lejos las voces de esa montaña tan amada. Los alisales. El olor de los caballos sudorosos. El olor de la piel teñida de humo de queñua, el gorgoteo del agua de la vertiente que se desliza apresurada entre las piedras. 

Sè que mi aviòn. El pequeño. Està tambièn muy quieto en un lugar oscuro. A veces lo visitan los niños. Se trepan en èl. Juegan. Ignoran su historia, que nadie contarà. Quizà yo pueda sacarlo del olvido. A èl, que compartiò mis momentos màs difìciles, mis penurias, mis sueños. Mis alegrìas. Quizà pueda, pequeño HZP. Salvaste a tanta gente. Llevaste tanto consuelo. Tanta esperanza.

Alguna vez te robamos. Sì. Y ese atardecer aceptaste compartir el riesgo, y te dejaste secuestrar con toda la emociòn de un avioncito del cerro. Recuerdo...

Era una tarde de verano. Perfecta. Lìmpida. Pero todo lo perfecto dura poco, dicen. Aunque para mì lo perfecto no es siempre la mar en calma. Me avisan que habìan llamado por radio desde Chaquivil. Una mujer estaba sufriendo una hemorragia ginecològica. "Si me llamaron es porque las cosas estàn mal", pensè. "Me llaman ahora y debe estar muy mal", pensè. Me puse en contacto con el piloto. "no hay nadie en el aeropuerto" contestò. Debo haber tenido mucha capacidad de convicciòn en ese momento, pienso. Mi desesperaciòn debe haber sido contagiosa. "Alguien habrà, vamos a ver"

Llegamos al aeropuerto y verdaderamente no habìa nadie. No habìa nadie en el enorme salòn, nadie en el bar, nadie en las oficinas...En verdad, parecìa un aeropuerto de esas pelìculas donde todos han desaparecido de manera extraña. Nadie.

"Podemos hacer algo", me insinuò el piloto. "Pero vas a tener que afrontar las consecuencias", si pasa algo. "Què, què " le preguntè. Què me importaban las consecuencias...

No voy a decir què se hizo. Nooooo, jaja. Pero al abrir las compuertas enormes del hangar allì estabas vos, mi pequeño aviòn. Con tus alas desplegadas. Con tu tanque lleno. Listo para volar.

La tarde siguiò siendo perfecta. Los ùltimos rayos del sol enrojacìan el borde de la montaña. Perdimos contacto con la radio. Apagamos los motores. Y nos descolgamos del cielo sobre la montaña que ya se estaba volviendo oscura. Nos esperaban. El esposo. Los hijos pequeños. Imagino sus horas mirando el cielo. Rezando...

Alzamos entre todos a la mujer en una silla . Y trabajosamente ascendimos la cuesta hasta la pista hùmeda . Ya no habìa tiempo que perder. Casi no nos hablaba. 

Con la mujer en el asiento de atràs y yo en ese santo rincòn que tenìas en la espalda, avioncito, rugiste al despegar de la montaña. No habìa viento, no hacìa frìo. El sol ya se ocultaba. Despegamos con las ùltimas luces. 

LLegamos al Aeroclub casi anocheciendo. Llamamos al servicio de ambulancia. Y partì con mi paciente hacia la Maternidad, mientras el piloto regresaba a su casa. Ella fue intervenida. Trasfundida. Salvada. No era necesario que el cirujano me dijera nada. Ya sus ojos lo decìan todo. Llegamos en el momento justo. 

Y tù te quedaste , pequeño. Escondido en el hangar del Aeroclub. Modesto. Callado. Esperando tu pròximo desafìo.

domingo, 28 de junio de 2020





                    ÑORCO I  :


                                  Era la primera vez que subiría la montaña a caballo. La verdad es que de caballos no sabía nada, alguna que otra caricia a algún animal atado por ahí, o una rápida cabalgata en un pony del Parque 9 de Julio...
    Me trasladaba un chofer de Operativos Sanitarios en una camioneta Ford 100, excelente chofer, a 120 km/h, haciendo toda clase de piruetas. El camino desde Chuscha hasta El Chorro era un camino tortuoso, no sólo por sus continuas curvas y contracurvas, sino también por las sucesivas bajadas y subidas, a veces en medio de la tierra, barro y espinillos punzantes, extremadamente angosto a través del monte semiachaparrado del noroeste tucumano.Pese a todo, íbamos a la mayor velocidad permitida, lo que producía bastante vértigo. La verdad, no sé todavía , cómo hacía este chofer para tomar la desviación correcta a semejante velocidad. De esa manera llegamos a El Chorro a las nueve de la mañana.
     El Chorro es un lugarcito extremadamente hermoso. De pronto el monte se abre y da lugar a una quebrada dulce y luminosa, llena de verde vegetación, atravesada de punta a punta por un arroyo cantarino en cuyas orillas crecen verdísimos sauzales. Entre las piedras, dos o tres patos bien blancos hunden su pico anaranjado en el agua rumorosa, surcada de vetas espumosas. Allí me esperaba el agente sanitario de Ñorco, don Angel Romelio Reyes, hombre muy bien dispuesto y trabajador, gracias a quien Ñorco debe el haber cumplido siempre con los programas de vacunación y a quién mucha gente debe la salud y la vida. Al costado, pastando, esperaban tres caballos, dos de silla y uno de carga. Me acerqué temerosa al animal destinado para mí. El chofer reía y hacía bromas : Dra, cuando suba tiene que mirar para la cabeza del bicho...
    - Acerquesé Dra, el animal es mansito y no le va a hacer nada - Me animó y al mismo tiempo me apresuró don Reyes, sosteniéndome el estribo. Me acomodé en la montura, subió él a su caballo y nos despedimos del chofer que se marchó agitando las manos hasta desaparecer en una curva del sendero.
    El camino transcurrió lento,el animal de carga venía último, atado a mi montura. Yo , a la vez, con las riendas del mío atadas a la montura de don Reyes. Como se puede ver, era una carga más...De esa manera, sin tener que tomar las riendas me dediqué libremente a observar el paisaje que me rodeaba, admirando las extrañas curvas que forman los pequeños cerros a ese nivel. Después de cuatro horas de andar lentamente, casi sin hablar, divisamos el dispensario primero, luego el río y por último, la Escuela.
    Bonita Escuela en verdad, con relación a las otras Escuelas de la montaña. Me sorprendieron agradablemente su aseo y su blancura. Estaba recién pintada con cal. Construída por la buena voluntad y el empeño de la esposa del agente sanitario, Eugenia de Reyes, Directora de la zona, mujer amable y empeñosa, decidida, que me atendió de manera excelente durante todo el tiempo que estuve en su Escuela, hasta que le tocó jubilarse. De ella conservo un enorme y hermoso recuerdo. Guardo la mejor de mis estimas a esa mujer que me recibió con los brazos abiertos , con tanta generosidad.
    La Sra de Ñorco, como se autodenominaba ella misma , era una mujer extremadamente activa, que llevaba años en la Escuela y que a las seis de la mañana ya estaba de pie impartiendo órdenes a empleados y maestros, escuchándose desde lejos su voz sonora e incansable. Ello me obligaba a no ser menos, de tal manera que a las siete todo el mundo ya estaba levantado y desayunando en la hogareña cocina de la Escuela.
    Llegábamos ya a la Escuela , cruzando lentamente el río. Yo, vestida con jeans nuevos, camisa denim a cuadros, botas altas de cuero pero... cuyo caballo venía arrastrando el agente sanitario.
    La llegada a la Escuela de Ñorco quedará grabada para siempre en mi memoria por dos motivos. La Directora, avisada por los niños de que ya llegábamos hizo que formaran doble fila a la puerta de la Escuela y , al entrar mi caballo a ella, un sinfín de pequeñas manitos irrumpieron en un , para mí, emocionado aplauso. Fue algo que no me esperé y que recuerdo con lágrimas en los ojos, ya que en esos momentos las tenía, hacían que se me encogiera el corazón de pena al extrañar al mío, al propio hijo que dejaba tan lejos, al cuidado de mis padres, pero...¡Estaba tan , pero tan lejos!...Los aplausos me devolvieron a la realidad. Me sentí emocionada, única y orgullosa. Me parecía ser la primera persona en llegar a este remoto lugar. Algo así como la sensación de ser Eva. La única mujer...
    Ese fue uno de los dos motivos de gratos recuerdos de Ñorco. El otro, no tan grato, fue descubrir muy pronto que los niños se reían entre sí de algo que les causaba gran diversión. Y era el hecho de haber llegado a las rastras, como una carga más. Me produjo tal sensación de vergüenza que decidí que al día siguiente nomás llevaría yo misma las riendas de mi caballo , así tuviera que morir en el intento...Le agradezco a don Reyes , quién , haciendo buen uso y abuso de sus caballos me llevó a través de laderas y cumbres, precipicios y ríos y me convirtió en no pocos meses de mucho esfuerzo en amazona impecable.
    Por el momento, recibida de forma tan gratificante, sintiéndome tan bien entre esta Directora, su esposo y una pequeña hija, que vivían para el trabajo y el estudio de una manera tan plena, tan viva y con tanta fuerza, y al mismo tiempo saludablemente alegres, comimos un exquisito guiso, luego sopa y por último postre y café, y "con la panza llena" como quien dice, nos fuimos a descansar del largo viaje, bien merecido descanso, el cual, en la montaña, es inevitable.

sábado, 22 de septiembre de 2018


   ESTADISTICAS...

         Estadísticas... ¿Hay estadísticas de la atención en la montaña?, me preguntaron hace muy poco. Por supuesto que sí.
         En mi época (lejana época) Don Alvarez, enfermero de Anfama, constructor, revisor,farmacéutico,estadístico,ingeniero logístico,jefe de enfermeros, jefe de agentes sanitarios y aún todavía mucho más que agregar, llevaba prolijamente anotado en un cuaderno las prestaciones médicas de enfermeros y agentes sanitarios de la Alta Montaña. Con estos cuadernos bajaba regularmente a la city tucumana y entregaba copias al SIPROSA,para mí,para el Area Programática y para el Ministerio de Gobierno.
      ¿Qué pasó con esos reportes? No lo sé. Quedaron guardados, protegidos,¿Fueron estadísticamente utilizados? Tampoco lo sé.
      Es cierto que los sistema de prestación médica deben llevarse por las estadísticas. Deben ser objetivos. Pero...
      Cuánto vale la vida de una persona. Y ... cuánto vale la vida de una persona cuando no existen otras opciones. Y entonces, aquí, la cuestón real y bien objetiva es que verdaderamente no hay otras opciones más que las que nos puede brindar la tecnología para lograr el bienestar y la salvación de la gente de la montaña.
       No hay nada que reemplace al avión con sus bajos costos, ni nada que reemplace al helicóptero en su maravilloso y veloz vuelo hacia el cielo montañés.
       Una vez, un lejano director de la DPA ( siempre muy lejano, ya fallecido) me dijo, cuando hacía la cuenta de los costos de vuelo:
       - Habría que hacer un pueblo en la montaña, con hospital y todo-
Y no le faltaba razón. Cuán mágica sonaba la frase. Todos reunidos en montón, para la atención médica y su prevención. Una Comuna, un juez de paz, una escuela, un hospital de montaña.
       ¡Cuánto ahorro significaría! ¡Cuántas ventajas!
       No sé siquiera si algún gobierno lo habría considerado. Menos escuelas, menos maestros,menos trabajo, etc, etc, los famosos operativos sanitarios dejarían de tener sentido y con ello la influencia política. Mucho para ver ¿No?
       Ha pasado el tiempo y aún no ha sido posible...

jueves, 20 de septiembre de 2018



   EL AGUILA MORA


         El niño miraba el horizonte...La mañana serena y luminosa parecía no transcurrir en el tiempo. A lo lejos , alguien hachaba leña. Más cerca , en la casa de los Ayala, se escapaba el olor a humo de aliso del fogón recién encendido,precediendo al almuerzo.La olla de hierro burbujeaba un guiso sabroso colgando de la cadena del techo aceitoso y ennegrecido por el hollín.
    - Mire doctora!- el viento le movía el flequillo retinto, y los ojos negros y vivaces,con una sonrisa de dientes envidiables se achicaban para mirar a lontananza. - Allá, ese que se ve ahí es mi hermano que está viniendo!
    Sí,algo se ve mover en el horizonte.Sí, definitivamente es un jinete a caballo.Casi no lo distingo, sólo el movimiento de un punto en la lejanía...
   -Y mire usté, viene en la mula .
   - Y cómo sabés que viene en la mula-
   - Porque vea usté, tiene la cola finita, por eso...
   Cómo hace para distinguir, no lo sé. Estamos disfrutando de unos bombones que siempre traigo conmigo.Sentados en un tronco, relajados. Mi interlocutor apenas tiene ocho añitos. Está contándome que la mañana anterior salió a practicar con el lazo y sintió de pronto un aleteo gigante sobre su cabeza.Era el águila mora.
   - Y me chuschó la cabeza, me quería levantar,como si fuera una oveja, esa águila...Ahí salió mi hermano, con la escopeta la va a cazar...
   Bueno, me voy, tengo que volver al dispensario, hay cosas que hacer, de paso llegaré a la escuela,siempre hay novedades. Con la mano saludo y apuro el paso.
    Transcurre el día soleado, sin apuros, con mate eran lo de don Gutiérrez,con una noche silenciosa y sin rumores. Solitaria.
   La mañana llega fresca ,llena de rocío, y me encuentra en la pista de Chaquivil esperando el avión.
   Hay que tener paciencia, una hora, dos, quién sabe? Mi amiguito sube corriendo la cuesta. Trae una bolsa arrastrando a duras penas. Bajo a ver de qué se trata.
   -Doctora,doctora,mire!-
   Abre la lona y lo que muestra me deja atónita. Es un águila mora. Gigantesca,enorme, bella...
  -Esta mañana la mató mi hermano,ya no va a llevarse las cabritas, ya no más...La quiere para usté, doctora?
   Es hermosa. De pronto recuerdo a mi primo Juan Domiján, excelente taxidermista.
   -Y bueno, dámela,me la llevo.
   -Chau doctora!- Se va corriendo el chango cuesta abajo. Sorpresivamente se siente el ruido de un motor y el Hotel Zulú Papá viene hacia mí, carreteando por la pista todavía húmeda.
   - Qué es eso- me pregunta el piloto
   - Es un águila mora-
  - Y se va a traer esa águila en el avión?
   -Sí, la voy a embalsamar
    Son las dos de la tarde. Hace rato aterrizamos. Llevo las botas sucias de barro y pasto,la cara y las manos quemadas por el sol. Cuelga de mi hombro el gigantesco pájaro, que es tan grande que sus alas rozan el piso. Qué aspecto tan extraño debo de estar dando. Me siento como Indiana Jones...

domingo, 2 de septiembre de 2018

Mundo en Bicicleta - Cruzada en Bicicleta por el Medio Ambiente

Mundo en Bicicleta - Cruzada en Bicicleta por el Medio Ambiente: Mundo en bicicleta es más que un viaje por el mundo en bicicleta, es una cruzada en bicicleta a favor del medio ambiente. Cecilia Graña y Alejandro Aubain viajan en bicicleta compartiendo y transmitiendo su entusiasmo por el cuidado del medio ambiente; para lograr tal fin estos diseñadores se valen de dos herramientas fundamentales: el proyecto educativo Arboles por Siempre y las charlas y talleres de educación ambiental.

LLEGANDO A CHAQUIVIL

   Retornando a los recuerdos lejanos,que nunca se pierden, sino que están dormidos, y,cuando alguien por cualquier motivo,toca a su puerta, se despiertan más vivos que nunca...
   Habrá sido la tercera vez, o la cuarta, quizá,que llegaba a Chaquivil. Había llovido los días anteriores, pero ahora fulguraba la mañana ,brillante y el follaje verde de la pradera hacía estremecer la vista.
   Vestida "a todo trapo", jeans nuevos,camisa a cuadros, mochila a la espalda, botas de cuero nuevas y relucientes,había dejado atrás la pista y también al avión,y me adentré con ímpetu por el sendero que iba hacia la Sala primero y luego hacia el pequeño dispensario que me servía de hogar transitorio.
   Cruzando la escuela, saludando a los maestros y chicos que disfrutaban del recreo, el sendero estrecho se abría como una arteria blanca entre piedras y musgos.
   ¡Qué satisfacción! Aceleré el paso porque el viento fresco me daba en la cara y me revivía.El olor de la paja húmeda, indescriptible,traía un vaho de primavera-verano. Por ahí con el ruido de los pasos, escapó siseando una serpiente.A lo lejos un mugido solitario. Un chasquido de alas, un relincho.
   Pasé el alto de la loma verde y poco a poco el camino sinuoso se fue adentrando en el bosque de alisos.El silencio se profundizó,el sol fue oculto tras las ramas altas de árboles centenarios. sólo oía el jadeo de mi respiracón rítmica y el resbalar del calzado entre piedras y arena.
   En lo más profundo del bosque el sendero se bifurcó en varias direcciones y se perdió detrás de un lodazal de varios metros de largo : la famosa ciénaga...
  Busqué un camino alternativo, no lo había. Hacia adelante sólo había barro movedizo y alguno que otro parche de paja que había sobrevivido a la tormenta  y que semejaban islas en medio de tanto barro. Tanteé. Había algunas partes más firmes que otras. -Bueno, tengo que seguir, me dije. No me va a parar un poco de barro. Y avancé varios pasos adentro del lodo.
   Al principio bien, un poco pesado,pero los pies sólo se hundían un poco y avancé sin problemas,
   Hice quince pasos sin problemas. Qué bueno! Sigo adelante,resueltamente.
   Hago un solo tranco rápido y... mi bota se hunde hasta el borde de la canilla en un barro espeso y pegajoso.Ja! Un pie adentro y el otro afuera... Pierdo el equilibrio,apoyo el otro pie, y...también me lo traga el barro!
   Triste imagen ésta...Ahí parada en medio de un bosque silencioso y penumbroso, en medio de un lodazal, ha quedado la doctora del cerro, atrapada sin poder salir. Atrapada real y totalmente. Sumergida en el barro sin poder alzar los pies (el barro ejerce un efecto sopapa y las botas están como pegadas al suelo)
   Me quedo ahí, quieta, parada.Expectante, con la mochila al hombro. Ya vendrá alguien por este sendero.Con calma, aprovecho para observar el paisaje que me rodea.Pareciera que los árboles enormes están inclinados sobre mí, observándome también. Ni un soplo de viento, ni un ave, ni un bicho, ni un sonido. Nada.
   Pasa una hora, calculo, quizá fue menos, y entiendo que quizá en todo el día no venga nadie por este sendero.
   No hay mas remedio que sacarse las botas. Por suerte, puedo. Primero un pie, luego el otro. Descalza, en el barro. Primero arrojé la mochila a un costado, para no caerme.
Sin el peso del cuerpo es fácil levantar las botas.
   A cruzar lo que resta del lodazal descalza , el barro se me pega en las manos, la cara, me salpica el pelo,la espalda. Por fin lo blando da lugar a las pequeñas islas que juntas forman terreno más firme.
Por último tierra dura y seca.
   Cuando llego a la casa de Berta, la enfermera, su hija se asombra y llama : Mamá! Venga, que viene la doctora toda embarrada!...Sí, la montaña te cambia todos los planes...Y siempre te sorprende...

martes, 12 de agosto de 2014



         CHAQUIVIL


          Un día tomé mi mochila y salí desde el CAPS hacia el norte, dispuesta a conocer a las familias que vivían detrás del cruce del Chaquivil.
          Eran las tres de la tarde de un día que había sido primaveral en la montaña. Soleado y sin una nube asomando al horizonte. Y por lo visto iba a continuar así.
          Era muy agradable andar. Sin apuros. Sin emergencias. Con buen ánimo. Caminando al ritmo, con ropa agradable,con un peso adecuado a la espalda. Con sombrero. Por supuesto, llevaba escondido mi 32 largo. No por la gente, está demás decirlo,sino por los odiados vacunos que a veces se ponían pesados y lo único que los frenaba eran dos tiros al aire, bien hechos.
         Cuando pasé por "la isla", como dí en llamar a la pequeña mesopotamia bordeada por dos brazos de río, y lugar de reunión vacuna,éstos estaban echados descansando y me vieron pasar, rumiando perezosamente, sin ánimo de violencia. Saltando entre ellos los atravesé sin problemas.Sólo algunos toritos grandotes mugieron al aire , cabeceando amenazadoramente, pero nada más.
          Llegué a una arboleda, que siempre divisaba desde lejos como un manchón oscuro. Bajo esa arboleda había una casa-rancho. Y bajo su alero había niños. Muchos niños. De todo pelo y tamaño. Estaban descalzos y alegres. Sus ojos, al principio temerosos, especialmente vivos y brillantes. Sus mejillas rojas y paspadas por el viento y el sol. Niños. Hermosos niños.

          Salió la madre, atraída por el bullicio. Una mujer pequeña, delgadita. Parecía que se doblaba bajo el peso del crío que cargaba en sus brazos. Se veía pobreza en toda ella. En sus hombros delgados. En sus pies desnudos. En su ropa usada hasta el cansancio. Sin embargo, ella y los niños estaban limpios. Por supuesto, los niños dentro de la limpieza que cabe esperar en el monte, en una siesta veraniega.
          Jugaban con agua y una pelota vieja. Y corrían con tremenda agilidad. Al ver a la madre salir sin temor, se acercaron y me rodearon con curiosidad y respeto. Uno me alcanzó una silla bajita. Y ahí, a la sombra de un árbol coposo, nos sentamos, la vecina y y yo, a comentar cosas.
          Me habló de las enfermedades de sus hijos, y de los otros, que no eran suyos, pero que criaba. Hablamos de los nacimientos, de sus nombres, de sus juegos, de sus animalitos. Hablamos del tiempo, de la falta de ayuda, de leche, de medicinas, de alimentos.
          Ella estaba sola, y se las arreglaba bastante bien para criar a los niños y enviarlos a la escuela.. De cuando en cuando recibía la visita de la directora Angela y de la maestra Rosa. Tenía la sonrisa a flor de labios y no se quejaba. Vivía. Vivía lo más feliz que podía. Y le agradecía a Dios el tener sus cabritas para la leche. El burro para la carga. Y dos caballitos para enviar los hijos a la escuela.Todo un tesoro para quien vive en la montaña.
         Tomé unos mates. No había pan. Se disculpó, pero ella sentía que no había necesidad de disculparse. Nos saludamos con gran algarabía al despedirnos, con la promesa del reencuentro.
         continué viaje. Llegué a la casa del anciano. No estaba solo. Lo acompañaban dos nietitas pequeñas. Su madre había viajado a Tafí del Valle. Las pequeñas, de uno y tres años, acurrucadas al faldón del abuelo, me miraban con desconfianza, inclinando las cabecitas y entrecerrando los ojos.
        La casa, en un sitio muy bello y alejado, era muy húmeda. Penumbrosa. Había algunos adobes derribados en algunas partes. Me pregunté lo que sería esto en plena lluvia, o en el invierno.
        Penosamente me acercó una silla, sentándose frente a mí, con las niñas en las rodillas, muy cuidadas y acicaladas. Se ve que ponía todo su empeño en estas nietecitas. Conversaba despaciosamente. Se agitaba al hablar. Lo revisé y ausculté. Quedé pensativa. No era nada bueno lo que había auscultado. Su tos y su febrícula tampoco mentían. Se lo dije al instante. Su situación no da para más, hay que bajar, hacer estudios, buscar soluciones.
       Quedamos de acuerdo para el descenso. Quería curarse. Confiaba en que yo me ocuparía de su traslado. Me preguntó repetidas veces si estaría con él en todo momento. La hija no podría bajar, por las criaturas. El iba a estar solo. Pero quería asegurarse de que "su médica" lo acompañaría en todo momento. Y que no lo botaría por ahí.
     Muchos, muchos superiores no entenderían mi proceder con los pacientes. Decían que mi responsabilidad terminaba al pie de la montaña. Que después era cosa de la familia o del hospital adónde iba. Cómo explicarles el temor,el miedo, la soledad. Pero sobre todo el miedo de quedar a la deriva en un lugar desconocido y completamente inmanejable para ellos.He bajado ancianos que nunca en su vida habían conocido una ciudad.Nunca habían subido a un avión. Ver desde arriba esa inmensidad, esos edificios desde la altura,le provocaba un shock de terror. El ruido, los vehículos, el trato diferente, el anonimato de un hospital, se transformaban en una verdadera pesadilla.
     Para mi jefe el paciente quedaba protegido en el hospital. Para el montañés , lo primordial no se había dado : su doctora lo había abandonado en un ambiente hostil.
     ¡Cuántas veces, enfrentándome a los dictámenes de mis superiores, me escabullía para verlos,exponiéndome, sin lograr que se entiendan estas situaciones tan especiales! Las madres me confiaban los hijos sin temor. Los esposos sus mujeres embarazadas. Partíamos , dejando esposo y a los otros hijos en la montaña, saludándolos, agitando los brazos.

     Los ancianos bajaban conmigo apretando fuertemente mis manos ¡Oh, hermosas manos arrugadas de los ancianos ! Temerosos de su dolencia, del viaje por aire y de la soledad de una internación que los desarraigaba despiadadamente de años de vida en las alturas.
     Bajaban temblando,como avecillas mojadas.
     ¡Cuántos me pedían regresar, para morir en paz en su bienamada montaña, sin sueros, sin medicamentos, sin punciones!
     Para morir simplemente, como manda Dios.