martes, 12 de agosto de 2014



         CHAQUIVIL


          Un día tomé mi mochila y salí desde el CAPS hacia el norte, dispuesta a conocer a las familias que vivían detrás del cruce del Chaquivil.
          Eran las tres de la tarde de un día que había sido primaveral en la montaña. Soleado y sin una nube asomando al horizonte. Y por lo visto iba a continuar así.
          Era muy agradable andar. Sin apuros. Sin emergencias. Con buen ánimo. Caminando al ritmo, con ropa agradable,con un peso adecuado a la espalda. Con sombrero. Por supuesto, llevaba escondido mi 32 largo. No por la gente, está demás decirlo,sino por los odiados vacunos que a veces se ponían pesados y lo único que los frenaba eran dos tiros al aire, bien hechos.
         Cuando pasé por "la isla", como dí en llamar a la pequeña mesopotamia bordeada por dos brazos de río, y lugar de reunión vacuna,éstos estaban echados descansando y me vieron pasar, rumiando perezosamente, sin ánimo de violencia. Saltando entre ellos los atravesé sin problemas.Sólo algunos toritos grandotes mugieron al aire , cabeceando amenazadoramente, pero nada más.
          Llegué a una arboleda, que siempre divisaba desde lejos como un manchón oscuro. Bajo esa arboleda había una casa-rancho. Y bajo su alero había niños. Muchos niños. De todo pelo y tamaño. Estaban descalzos y alegres. Sus ojos, al principio temerosos, especialmente vivos y brillantes. Sus mejillas rojas y paspadas por el viento y el sol. Niños. Hermosos niños.

          Salió la madre, atraída por el bullicio. Una mujer pequeña, delgadita. Parecía que se doblaba bajo el peso del crío que cargaba en sus brazos. Se veía pobreza en toda ella. En sus hombros delgados. En sus pies desnudos. En su ropa usada hasta el cansancio. Sin embargo, ella y los niños estaban limpios. Por supuesto, los niños dentro de la limpieza que cabe esperar en el monte, en una siesta veraniega.
          Jugaban con agua y una pelota vieja. Y corrían con tremenda agilidad. Al ver a la madre salir sin temor, se acercaron y me rodearon con curiosidad y respeto. Uno me alcanzó una silla bajita. Y ahí, a la sombra de un árbol coposo, nos sentamos, la vecina y y yo, a comentar cosas.
          Me habló de las enfermedades de sus hijos, y de los otros, que no eran suyos, pero que criaba. Hablamos de los nacimientos, de sus nombres, de sus juegos, de sus animalitos. Hablamos del tiempo, de la falta de ayuda, de leche, de medicinas, de alimentos.
          Ella estaba sola, y se las arreglaba bastante bien para criar a los niños y enviarlos a la escuela.. De cuando en cuando recibía la visita de la directora Angela y de la maestra Rosa. Tenía la sonrisa a flor de labios y no se quejaba. Vivía. Vivía lo más feliz que podía. Y le agradecía a Dios el tener sus cabritas para la leche. El burro para la carga. Y dos caballitos para enviar los hijos a la escuela.Todo un tesoro para quien vive en la montaña.
         Tomé unos mates. No había pan. Se disculpó, pero ella sentía que no había necesidad de disculparse. Nos saludamos con gran algarabía al despedirnos, con la promesa del reencuentro.
         continué viaje. Llegué a la casa del anciano. No estaba solo. Lo acompañaban dos nietitas pequeñas. Su madre había viajado a Tafí del Valle. Las pequeñas, de uno y tres años, acurrucadas al faldón del abuelo, me miraban con desconfianza, inclinando las cabecitas y entrecerrando los ojos.
        La casa, en un sitio muy bello y alejado, era muy húmeda. Penumbrosa. Había algunos adobes derribados en algunas partes. Me pregunté lo que sería esto en plena lluvia, o en el invierno.
        Penosamente me acercó una silla, sentándose frente a mí, con las niñas en las rodillas, muy cuidadas y acicaladas. Se ve que ponía todo su empeño en estas nietecitas. Conversaba despaciosamente. Se agitaba al hablar. Lo revisé y ausculté. Quedé pensativa. No era nada bueno lo que había auscultado. Su tos y su febrícula tampoco mentían. Se lo dije al instante. Su situación no da para más, hay que bajar, hacer estudios, buscar soluciones.
       Quedamos de acuerdo para el descenso. Quería curarse. Confiaba en que yo me ocuparía de su traslado. Me preguntó repetidas veces si estaría con él en todo momento. La hija no podría bajar, por las criaturas. El iba a estar solo. Pero quería asegurarse de que "su médica" lo acompañaría en todo momento. Y que no lo botaría por ahí.
     Muchos, muchos superiores no entenderían mi proceder con los pacientes. Decían que mi responsabilidad terminaba al pie de la montaña. Que después era cosa de la familia o del hospital adónde iba. Cómo explicarles el temor,el miedo, la soledad. Pero sobre todo el miedo de quedar a la deriva en un lugar desconocido y completamente inmanejable para ellos.He bajado ancianos que nunca en su vida habían conocido una ciudad.Nunca habían subido a un avión. Ver desde arriba esa inmensidad, esos edificios desde la altura,le provocaba un shock de terror. El ruido, los vehículos, el trato diferente, el anonimato de un hospital, se transformaban en una verdadera pesadilla.
     Para mi jefe el paciente quedaba protegido en el hospital. Para el montañés , lo primordial no se había dado : su doctora lo había abandonado en un ambiente hostil.
     ¡Cuántas veces, enfrentándome a los dictámenes de mis superiores, me escabullía para verlos,exponiéndome, sin lograr que se entiendan estas situaciones tan especiales! Las madres me confiaban los hijos sin temor. Los esposos sus mujeres embarazadas. Partíamos , dejando esposo y a los otros hijos en la montaña, saludándolos, agitando los brazos.

     Los ancianos bajaban conmigo apretando fuertemente mis manos ¡Oh, hermosas manos arrugadas de los ancianos ! Temerosos de su dolencia, del viaje por aire y de la soledad de una internación que los desarraigaba despiadadamente de años de vida en las alturas.
     Bajaban temblando,como avecillas mojadas.
     ¡Cuántos me pedían regresar, para morir en paz en su bienamada montaña, sin sueros, sin medicamentos, sin punciones!
     Para morir simplemente, como manda Dios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario