martes, 12 de agosto de 2014
CHAQUIVIL
Un día tomé mi mochila y salí desde el CAPS hacia el norte, dispuesta a conocer a las familias que vivían detrás del cruce del Chaquivil.
Eran las tres de la tarde de un día que había sido primaveral en la montaña. Soleado y sin una nube asomando al horizonte. Y por lo visto iba a continuar así.
Era muy agradable andar. Sin apuros. Sin emergencias. Con buen ánimo. Caminando al ritmo, con ropa agradable,con un peso adecuado a la espalda. Con sombrero. Por supuesto, llevaba escondido mi 32 largo. No por la gente, está demás decirlo,sino por los odiados vacunos que a veces se ponían pesados y lo único que los frenaba eran dos tiros al aire, bien hechos.
Cuando pasé por "la isla", como dí en llamar a la pequeña mesopotamia bordeada por dos brazos de río, y lugar de reunión vacuna,éstos estaban echados descansando y me vieron pasar, rumiando perezosamente, sin ánimo de violencia. Saltando entre ellos los atravesé sin problemas.Sólo algunos toritos grandotes mugieron al aire , cabeceando amenazadoramente, pero nada más.
Llegué a una arboleda, que siempre divisaba desde lejos como un manchón oscuro. Bajo esa arboleda había una casa-rancho. Y bajo su alero había niños. Muchos niños. De todo pelo y tamaño. Estaban descalzos y alegres. Sus ojos, al principio temerosos, especialmente vivos y brillantes. Sus mejillas rojas y paspadas por el viento y el sol. Niños. Hermosos niños.
Salió la madre, atraída por el bullicio. Una mujer pequeña, delgadita. Parecía que se doblaba bajo el peso del crío que cargaba en sus brazos. Se veía pobreza en toda ella. En sus hombros delgados. En sus pies desnudos. En su ropa usada hasta el cansancio. Sin embargo, ella y los niños estaban limpios. Por supuesto, los niños dentro de la limpieza que cabe esperar en el monte, en una siesta veraniega.
Jugaban con agua y una pelota vieja. Y corrían con tremenda agilidad. Al ver a la madre salir sin temor, se acercaron y me rodearon con curiosidad y respeto. Uno me alcanzó una silla bajita. Y ahí, a la sombra de un árbol coposo, nos sentamos, la vecina y y yo, a comentar cosas.
Me habló de las enfermedades de sus hijos, y de los otros, que no eran suyos, pero que criaba. Hablamos de los nacimientos, de sus nombres, de sus juegos, de sus animalitos. Hablamos del tiempo, de la falta de ayuda, de leche, de medicinas, de alimentos.
Ella estaba sola, y se las arreglaba bastante bien para criar a los niños y enviarlos a la escuela.. De cuando en cuando recibía la visita de la directora Angela y de la maestra Rosa. Tenía la sonrisa a flor de labios y no se quejaba. Vivía. Vivía lo más feliz que podía. Y le agradecía a Dios el tener sus cabritas para la leche. El burro para la carga. Y dos caballitos para enviar los hijos a la escuela.Todo un tesoro para quien vive en la montaña.
Tomé unos mates. No había pan. Se disculpó, pero ella sentía que no había necesidad de disculparse. Nos saludamos con gran algarabía al despedirnos, con la promesa del reencuentro.
continué viaje. Llegué a la casa del anciano. No estaba solo. Lo acompañaban dos nietitas pequeñas. Su madre había viajado a Tafí del Valle. Las pequeñas, de uno y tres años, acurrucadas al faldón del abuelo, me miraban con desconfianza, inclinando las cabecitas y entrecerrando los ojos.
La casa, en un sitio muy bello y alejado, era muy húmeda. Penumbrosa. Había algunos adobes derribados en algunas partes. Me pregunté lo que sería esto en plena lluvia, o en el invierno.
Penosamente me acercó una silla, sentándose frente a mí, con las niñas en las rodillas, muy cuidadas y acicaladas. Se ve que ponía todo su empeño en estas nietecitas. Conversaba despaciosamente. Se agitaba al hablar. Lo revisé y ausculté. Quedé pensativa. No era nada bueno lo que había auscultado. Su tos y su febrícula tampoco mentían. Se lo dije al instante. Su situación no da para más, hay que bajar, hacer estudios, buscar soluciones.
Quedamos de acuerdo para el descenso. Quería curarse. Confiaba en que yo me ocuparía de su traslado. Me preguntó repetidas veces si estaría con él en todo momento. La hija no podría bajar, por las criaturas. El iba a estar solo. Pero quería asegurarse de que "su médica" lo acompañaría en todo momento. Y que no lo botaría por ahí.
Muchos, muchos superiores no entenderían mi proceder con los pacientes. Decían que mi responsabilidad terminaba al pie de la montaña. Que después era cosa de la familia o del hospital adónde iba. Cómo explicarles el temor,el miedo, la soledad. Pero sobre todo el miedo de quedar a la deriva en un lugar desconocido y completamente inmanejable para ellos.He bajado ancianos que nunca en su vida habían conocido una ciudad.Nunca habían subido a un avión. Ver desde arriba esa inmensidad, esos edificios desde la altura,le provocaba un shock de terror. El ruido, los vehículos, el trato diferente, el anonimato de un hospital, se transformaban en una verdadera pesadilla.
Para mi jefe el paciente quedaba protegido en el hospital. Para el montañés , lo primordial no se había dado : su doctora lo había abandonado en un ambiente hostil.
¡Cuántas veces, enfrentándome a los dictámenes de mis superiores, me escabullía para verlos,exponiéndome, sin lograr que se entiendan estas situaciones tan especiales! Las madres me confiaban los hijos sin temor. Los esposos sus mujeres embarazadas. Partíamos , dejando esposo y a los otros hijos en la montaña, saludándolos, agitando los brazos.
Los ancianos bajaban conmigo apretando fuertemente mis manos ¡Oh, hermosas manos arrugadas de los ancianos ! Temerosos de su dolencia, del viaje por aire y de la soledad de una internación que los desarraigaba despiadadamente de años de vida en las alturas.
Bajaban temblando,como avecillas mojadas.
¡Cuántos me pedían regresar, para morir en paz en su bienamada montaña, sin sueros, sin medicamentos, sin punciones!
Para morir simplemente, como manda Dios.
lunes, 7 de julio de 2014
SUEÑO
Ayer fue mi cumpleaños. Y siempre se piden tres deseos al soplar las velitas. Hoy voy a compartir un deseo , que espero, algún día se cumpla, porque los deseos a veces son eternos...
Imagino el Mini- Hospital ( Término inventado por mí y que después se hizo viral), como un pequeño edificio silencioso levantado al final o al lado de la pista principal de Ancajuli. Adecuada su forma al entorno cerreño.
Un edificio grande, limpio, blanco y práctico. Con suficiente ventilación en el verano y adecuado abrigo para el invierno. Con ventanas llenas de luz que puedan cerrarse en el momento adecuado, dejando una penumbra placentera y protegiendo de las súbitas tormentas, vientos, brumas y nevadas.
Que tenga jardín y huerta. El jardín, con cuidado constante y flores coloridas y luminosas.La huerta, con todo lo necesario para la cocina del Hospital.
Debe tener amplia galería, con asientos cómodos, agradable y fáciles de limpiar, donde no encuentren refugio las alimañas del monte.
A lo lejos, puede hacerse un palenque, para atar los caballos de la gente.
La Sala de guardia y Enfermería con todo lo necesario para asistir una urgencia.
Un consultorio para el médico, cerrado, íntimo,con su camilla y mucha luz, para la correcta atención del paciente.
Consultorios, dos más, para los especialistas, ginecólogo,pediatra, oftalmólogo, traumatólogo, neurólogo, psicólogo, dermatólogo, etc, que quisieran contribuir a la atención de la salud en la montaña.
Una sala de parto, de pre-parto y de post-parto, con una camilla adecuada, tres y tres camas respectivamente. Todo el material adecuado y con todo lo necesario para el bebé y la madre.
Un consultorio odontológico, perfectamente equipado.
Baños, cocina, lavadero, todo lo que hace falta para mantener la higiene y el funcionamiento.
Una oficina administrativa, muy pequeña. Estarán allí todos los papeles y también la radio.
La Sala de internación dividida en cuatro : Hombres, mujeres, niños de 3 a 12 años, bebés hasta los tres años.
No creo que pudiera haber sala de infecciosos. Sería muy complicado. Pero quizá haciendo un buen estudio se pudiera hacer.
Y un buen quirófano de campaña. Para hacer cesáreas y cirugía mayor programada. Y sin lugar a dudas, las urgencias, urgencias.
Allá a lo lejos un pequeño hangar para el avión sanitario, un sencillo Pipper.
También hace falta, lejos del Mini-hospital, un gran horno de barro para quemar los residuos.
Sé que se puede. En Anfama lo hicimos...
viernes, 4 de julio de 2014
LAS ARQUITAS - LAS YEGUAS
La Mora y la Zaina. Dos hermosos recuerdos. Dos grandes dolores. Mis dos primeros caballos fueron estas dos pícaras y bellas yeguas. ¡Gracias Pepa!
Eran propiedad de una amiga taficeña, Elena Vasatko, bioquímica, que también trabajaba en el SIPROSA. Es decir, eran de sus hijos, que las amaban.
Las guardaban en un campo de su propiedad, al norte de Tafí Viejo, y corrían dos peligros : que escaparan hacia las vías del tren o que las robaran. Las dificultades para cuidarlas, cada vez mayores, habían decidido la venta de las dos yeguas. Los chicos derramaban lágrimas de dolor, pero ya estaba decidido.
Fuímos una tarde con Nikcy a la finca. Una tierra hermosa, de limoneros en flor. Hasta nosotros las trajo un peón. Eran bellas, realmente. Y para mí, que era la primera vez que iba a ser dueña de mis propios caballos, eran fantásticas. En mi imaginación las veía alzarse y galopar en la montaña, las crines al viento...
Era una yegua de paso. El hijo más grande, le saltó encima y nos hizo una demostración de su andar. Luego la monté yo. Me ajustaba perfectamente a su lomo. Digamos que éramos la una para la otra. Nerviosa, pero buen animal. Anduve en pelo hasta el final del campo y regresé. Me brillaban los ojos de deseo, era como andar en el viento.
Al rato trajeron a la blanca. La "Mora" era una yegua dulce y mansa. Lo que la otra tenía de briosa, ésta lo tenía de calma.
Fuerte y grande, alta, era un poco ancha para mis piernas, pero su andar era tan suave , que se podía galopar y no perder el equilibrio.
Con las lágrimas corriendo por sus mejillas el pequeño rubio , de tan sólo ocho años, se abrazó a la Mora y le dio una larga despedida...Después me tocaría a mí experimentar esa terrible pérdida, pero ya no tendría la esperanza de volver a verlas otra vez...
Me olvidé de nombrar al potrillo. "Pirpinto", Hijo de la Zaina, el hermoso potrillo que ya iba para potro y que estaba empezando a cambiar el pelo.
Una de esas mañanas bajaron Alberto Gutierrez y uno de los hijos de Gerardo Salazar, y en un camión alquilado llevaron a los tres caballos hasta Raco. Luego, al paso, los hicieron subir hasta Las Arquitas.
Llegó el bautismo de Maximilian, mi sobrino político. Nicky sería el padrino. Tuvo que viajar hacia Alemania. Yo no podía, ni quería , abandonar mi trabajo, recién estaba comenzando,recién me estaba afianzando, no era posible.
Se fue Nicky. Lo despedimos con Pablo, y los dos tomados de la mano, lo vimos alejarse hasta que su ómnibus se perdió en la distancia. Y , al día siguiente, regresamos a Las Arquitas.
Llevábamos una enorme cantidad de carga. Eran víveres para casi dos meses Habíamos comprado de todo.Cargamos el avión, y luego las mulas , y nos instalamos en la casa, ya familiar.
Y allí me ocurrió la sorpresa más desagradable de toda mi aventura en la montaña. No tenía yo en ese momento ni la más pálida idea de las elucubraciones mentales de la familia Gutiérrez, que a la larga se quedarían con la casa que construyó con tanto esfuerzo mi marido, y que ahora mencionan como de su propiedad. Hasta incluso ahora reciben gente y tienen el descaro de publicar en revistas las fotografías de los desayunos con la vajilla que fue mi regalo de bodas...Pero en fin...cada uno con sus traiciones y hubo quien les dió de comer, porque como dicen, no hay que buscar al chancho, sino a quien le dá de comer...
- Mire dotora, yo voy a usar para la casa lo que uste a comprao, porque el seño Nike a dejao dicho que todo se va compartí.-¡Carámbola, con mi hijo a la par , no me quedaba otra que aceptar!. Cómo está presa una madre, a veces...
Volvamos a los caballos, que son los recuerdos que más duelen. No había forma de hacerse con ellos.
- El señó Nike a mandao que vayan pal alto-
- Es muy lejos para ir a traerlos, vaya a sabé uno donde se han ido...-
Muy poco tiempo estuvo la zaina con nosotros. La utilicé varias veces para llevar a mi hijo a la escuela, los dos nos enamoramos de ella. Era tan vivaz. A veces nos hacía algunas travesuras, como no querer andar cuando subíamos los dos juntos. Entonces yo la tomaba de la rienda y así hacíamos el camino hasta la escuela. Un día desapareció de mi vista, nadie supo más donde estaba y no la ví más, a pesar de todos los esfuerzos que hice para saber de ella.
- El señó Nike mandó decir...-
Entre mis tareas como médica, que me dejaban escaso tiempo para vivir siquiera, la escuela de Pablo y los viajes en avión, era muy poco lo que podía hacer, no había radio ni teléfono allá arriba...
En cuanto a la Mora, era utilizada por la esposa de Gutiérrez, Teresa, para ir a la escuela.No era que no tuvieran caballos, porque tenían los propios y muy buenos. El asunto era usar lo de otro, y así no arruinar los suyos. Todas las mañanas, a las seis, cuando nos estábamos levantando para ir a clases, escuchábamos el galope de la yegua, en la que se iba apresurada, antes de que nadie la pudiera detener. Así partía ella , todas las mañanas, llueve o truene, en la yegua del hermoso andar. Cuando regresaba, galopando hasta la puerta de la entrada baja, allí la recogía Alberto,y hasta el día siguiente, era trasladada al "alto".
Todas eran órdenes impartidas previamente por el patrón ausente.
Pero todo lo malo pasa, el sol sale de nuevo, y un avión nos trajo a Nicky de regreso. Volvimos al campo.Había muchos asuntos que solucionar. Los muy ladinillos , para salvar el pescuezo, fraguaban dichos y hechos.
- Patrón, venga a ver que los de Cata han roto el alambrao-
- Don Nike, ahi andan el esposo de la maestra mirándola a mi hermana, hable usté- y mil y una distracciones más. Yo estaba en lo mío, no tenía tiempo para distracciones.
Mal hecho. Hay cosas que nunca se deben perder de vista, y lo que se ama, menos.
Un día, descendiendo a caballo hacia Raco, nos cruzamos en el monte con una yegua sumida en flacura.Casi no se movía. Parecía desplomarse en cualquier momento. Con sorpresa descubrí que era la Rana, mi Zaina.
Sentí un dolor en el pecho como no lo sentí nunca antes.Quise señalársela a mi marido,pero él la había reconocido ya. Palidecía. Me hizo señas de que no dijera nada.
Ya presentía yo que mis yeguas , a quienes nunca había disfrutado como habíamos soñado, se me iban, se me iban, se me iban...No dirían ya al verla atada a un árbol : - "Ya llegó la dotora"...
Nunca, nunca, nunca, me dolió tanto el corazón.
En la city la vida se transformó en una vorágine. Había que solucionar asuntos urgentes de la montaña. Hacer compras, presentar papeles, cobrar dineros. Las compras era lo más dificultoso. Andar comercio por comercio, elegir precios,buscar lo mejor, lo más adecuado.
La furia de mi esposo fue in crescendo. Se levantó y dió unos terribles golpes de puño en el sillón en el que estaba sentado, furia, impotencia, incredulidad...Alberto, encogido,sólo daba excusas. Me sentí mareada. No aguanté el dolor. Me saltaban las lágrimas. No podía moverme.
Cuando Alberto por fin se fue, lloré por esas yeguas como por un amigo. Por la impotencia, porque lo había visto venir, ya hace mucho tiempo. Eran tan hermosas. Hubiera costado tan poco que las cuidaran, todo se les pagaba y muy bien. Nunca entendí muy bien porqué las dejaron morir. Alguien me habló alguna vez de maleficios. No lo sé, pero no hubieran tenido que pagarlo ellas.
Lloré, lloré y lloré toda la mañana, sin consuelo. Ya nada me las devolvería. Y lloro cada vez que las recuerdo. Alberto y familia, me deben ese dolor...
jueves, 3 de julio de 2014
DIARIO
Miércoles 04 de Mayo de 1994
Este es el tercer día que estamos en Las Arquitas.Planeamos quedarnos el mes entero.
Llegamos el sábado,en un avión del Aeroclub, hasta la pista de Ancajuli,casi a la una de la tarde.El avión nos dejó con nuestra carga y se marchó.
En Ancajuli conocimos al nuevo secretario de la Comuna, Luis Núñez, quien hace escasos quince días había llegado a la montaña para tomar su cargo.Nos recibió con grandes muestras de alegría, pues se encontraba muy solo.La soledad en la montaña llega a doler, si no se está acostumbrado.
Me puse a la tarea de ordenar el desvencijado CAPS y nos dió mucho gusto a todos el ver cómo funcionaba de bien la heladerita recién conseguida ( y con mucho esfuerzo) para las vacunas.
Entre papeles viejos encontré encontré un cuaderno de la señora de Soaje, antugua propietaria de la Sala de Ancajuli.Allí estaban anotadas las trasmisiones radiales de la estancia,vuelos con médicos, ingenieros, transporte de alimentos, fiestas, toda una reliquia. Haciéndose la noche, entre empanadas y vino Crestón, nos quedamos hablando hasta cerca de las cuatro de la madrugada, entusiasmados por el deseo de hacer y mejorar,la salud, las viviendas, la escuela, los temas importantes de la montaña.
Al día siguiente, domingo, comenzó la búsqueda de los caballos para viajar a Las Arquitas. Paciencia, si hay que buscar caballos,no es tan fácil. Esperamos hasta cerca del mediodía y aprovechamos con el enfermero para dejar el CAPS hecho una pinturita.
Luis y el casero de La Sala, Puleta,quisieron acompañarnos en el viaje para conocer la casa de Las Arquitas.En el primer tramo del camino, todo muy bien, luego, les impresionó con un poco de temor, el ascenso y especialmente el descenso brusco del cerro que está al frente de la casa.Y por suerte,ya al anochecer, llegando sin problemas a la casa querida.
No los dejamos regresar, porque era noche cerrada y afuera hay peligros y rondaban los pumas.No es que ataquen a la gente, aunque hay algunos relatos, pero sí espantan a los caballos y eso es peligroso en el sendero escarpado.
Les gustó muho La Sala de Las Arquitas. La encontraron muy acogedora, hogareña, como "casa".
Nos fuimos a dormir temprano. A las siete, dormíamos aún. Cuando nos levantamos , ellos ya habían partido con las primeras luces.
Sentados al sol de la incipiente mañana , tomando café con pan amasado, esperamos el helicóptero. Mirábamos el círculo de piedras pintadas de blanco en la ladera descendente de la casa : nuestro "helipuerto". Matías Navarro, piloto excepcional, nos ha hecho la promesa de traer hoy la antena de radio,junto a los técnicos para instalarla.
Llegó el helicóptero con su ruido de moscardón pesado , y se asentó suavemente dentro del círculo de piedras. Bajaron Enrique Caro y otro técnico, traían todo. Don Lizárraga aceptó un vaso de leche fresca, recién ordeñada. Sin perder tiempo se pusieron a la tarea, en la montaña uno no se puede dar el lujo de perder el tiempo, cuando vuela. En la parte de atrás de la casa se erigió la nueva antena, se colocaron la radio, el panel solar y la batería. En un silencio expectante se hizo la primera comunicación con el área oeste.Contestaron : Atento,atento,aquí area oeste a Z 21. Aplaudimos. Alberto Gutiérrez no cabe en sí de gozo. Ya nunca más aislados. La radio une, y salva vidas.
Trae también don Lizárraga a un niño que se ha caído y lesionado la mano,es una esguince. Le coloco un vendaje, le doy la medicación. Todos se despiden y suben al helicóptero. Mientras gira para enfrentar la cañada, nos saludan con la mano.Mision cumplida!
El ron ron del helicóptero se aleja sobre el río. Y en un instante vuelve el silencio. Y quedamos solos.
viernes, 20 de junio de 2014
A VECES MORIMOS POR LOS OTROS
En memoria de DANIEL RIZO, maestro de Anfama, Alta Montaña, fallecido en abril de 2012 ,desbarrancado en el camino , de regreso a casa.
Poema de LAURA MARINA MARRAS publicado en Los Primeros.
Hoy es lunes.
Ya los niños vuelven presurosos de sus casas.
Hoy faltará un maestro
allá en la escuelita de Anfama.
Los despidió un viernes con una tarea para la casa
y salió caminando a enfrentar la montaña,
soñando con llegar al cobijo de su casa.
Hoy es lunes.
Y está en silencio la escuelita de Anfama.
Tus sueños quedaron truncos
en el fondo de la quebrada.
En un cóndor majestuoso vuela libre tu alma.
Tus compañeros buscan respuestas.
Tus hijos volver a oír tus palabras.
Te quedaste allá,
siempre renovando tu vocación cada mañana...
jueves, 19 de junio de 2014
Arquitas- En memoria de Marta.
ARQUITAS EN MEMORIA DE MARTA, EXTRAORDINARIA MUJER
Habíamos llegado esa tarde. Adrián, el odontólogo,caminando, porque su caballo acababa de desplomarse de cansancio casi al finalizar el viaje. Yo, con mi hijo Pablo,a quien llevaba abrazado delante mío en la montura, un poco más tarde, junto a Roque , que oficiaba de guía.
Llegamos a la casa, desesperados de sed y cansancio. Nos convidaron los exquisitos mates, que reaniman toda penuria en la montaña. Comenzaremos mañana. Hemos llegado tarde y no hay cuerpo para más. El dentista, agotado, se ha ido a dormir a la casa del administrador.¡Quién imaginaría que el Sr. Würschmidt sería mi esposo! Ni yo, ni nadie...Ahora sólo somos meros ocupantes transitorios de La Sala con un objetivo preciso. Bañé a mi hijo, disfruté luego de un baño caliente,sin apresuramientos.Y después de una mitigante cena, nos dormimos abrazados bajo el cálido techo pajizo de la casa grande.
Al día siguiente, día de sol (era septiembre), comenzamos la atención sanitaria. La casa se llenó de gente. El patio y los alrededores , de caballos. Hombres, ancianos, mujeres con niños que llegaban de lejos.Adrián se dió el gusto de dictar clases de prevención oral,les enseñó a los niños a cepillarse los dientes y a cuidar sus bocas. Niños y madres escuchaban con atención. Allí , mirándolos sentados en el suelo,a la sombra, con sus ojos fijos en Adrián, sentí que habíamos llegado al corazón de nuestros esfuerzos, y que todo había valido la pena.
Al atardecer, aún quedaban pacientes por atender. Asistimos a los últimos y nos quedamos mirando cómo se alejaban lentamente los caballos en la penumbra del horizonte. Se acercó Alberto Gutierrez,el casero.
- Dra, quisiera que antes de tomarse unos matecitos, le dé una miradita a mi suegra, que se siente un poquito enferma ,es aquí cerquita, al frente, cruzando la vertiente-
Llgamos a la casa. Se trata de una familia prolífica.¡Vaya! Prolífica es un decir. El dueño de casa es padre de veintitrés hijos.Así es, veintitrés, todos son hijos suyos de una única mujer, Marta.Sólo dos nacidos en la Maternidad, todos los demás, en la montaña.
La casa dista de ser un lugar adecuado para tan grande familia. Alrededor de un patiecito bien barrido se organizan los espacios. Al sur la cocina, de adobe sin revocar, techo de paja, típico fogón el el suelo, cadena gruesa y olla negra colgando del techo,con el fuego permanentemente encendido, adonde encuentran refugio para el frío los más chicos.Al norte ,una galería cubierta , con un mesón de aliso y sillas de cuero virgen, hechizas a mano, como dirían, depósito de monturas y de un gran telas donde la dueña dejó sin terminar un hermoso pelero de colores vibrantes. Al este, el dormitorio familiar, uno sólo, para tantos, con la curiosidad de estar sobreelevado en relación al piso, encastrado en la parte alta de la montaña. Para llegar hay que subir por una escalerilla cortada a pala y tapizada de laja. Allí, en varias camas y catres, duerme la familia toda.
Subí la escalerilla y encontré a la enferma.No estaba solo "decaída"como me había informado Alberto. Estaba verdaderamente enferma. Me senté a su lado, y luego de saludarla con respeto, le pedí permiso para tomarle el pulso. Taquicardia. Le tomé la temperatura. "Volaba" de fiebre : cuarenta y dos grados arriba...Cuando le puse el tensiómetro, ya tenía una terrible sospecha, que pronto se confirmó, 10,100,120,150,180,200,seguía subiendo...Al llegar a 300, límite tope del tensiómetro, con cada latido, la aguja golpeba allí, tratando de superarlo.Quedé atónita...¿Se habría roto el tensiómetro durante el viaje? Se lo saqué y me lo puse en mi brazo.Lo probé, marcaba 120-80 mm Hg. Completamente normal. Otra vez procedí a controlarle la presión, y en el otro brazo, también. Nuevamente subió al tope. Me sentí mareada de la angustia. La ausculté nuevamente. La taquicardia era importante.Los pulmones casi no ventilaban.
- ¿Tose mucho? Le pregunté.
- Y...sí...con mucha espuma marroncita, así como anaranjadita, mas o menos...Creo que es la neumonia que siempre me da...
¡Neumonía!...y bilateral...con una hipertensión gravísima, además...
Hasta ese momento mi paciente señora había permanecido sentada, con las piernas flexionadas, cubierta con las mantas. Casi desmayé cuando para completar el examen, la decubrí y comprobé que estaba embarazada. Y por el tamaño...
- Y...sí...de ocho meses y medio...calculo yo...
Pero...¿No tenía 48 años? Sí.
- Y bue...con éste voy a completar las dos docenas- me contestó.
A esta altura, no sabía yo frente a qué leyes de la medicina me estaba enfrentando. Esta situación superaba todas las predicciones posibles. El año anterior le había pasado lo mismo! Después de una crisis y tras una brusca hemorragia nació el hijo muerto. La hemorragia se había cohibido sola. Y ella se había salvado...Ahora se repetían las condiciones, con el agravante de la neumonía doble.
- ¿No le duele nada?¿No se siente mal?
- Y...un poco mareada, un dolorcito aquí, en el costado, nada más.
- ¿No le duele la cabeza?
- No dotora. Mujer de excepcional resistencia....
Yo no me lo podía creer. En las guardias , habíamos recibido pacientes con presiones mucho menores,que lloraban de dolor, los ojos enrojecidos, la cara sofocada. Y esta valerosa mujer,respiraba un poco aceleradamente. Pero nada más...Nos mirábamos ambas, con pensamientos diferentes.Yo imaginaba que tenía delante mío una pompa de jabón.Un desliz y se rompía...Ella se preocupaba porque había dejado ropa sin lavar al lado del río, el pelero sin terminar, la comida sin hacer...Le tomé la presión una vez más, como para convencerme, y salí.
Afuera me esperaba su esposo. Ya había caído la noche.Y muy oscura.
- Don... su señora está muy grave. Le tengo que decir la verdad. La tenemos que bajar como sea, porque hay que hacerle una cesárea.
Don...me miró como si le hablara en chino, textualmente . - ¿Será cierto lo que me dice usted dotora? Porque ella se la ve "biencito"...
- Sí, don...pero está muy, muy mal, los pulmones no están respirando,y un poco que se mueva, con la presión tan alta como la tiene , le va a pasar lo mismo que el año pasado. Pero esta vez no se van a salvar ni ella ni el bebé.
A esa hora ya no se podía hacer nada.Volví acongojada por el oscuro monte,acompañada en medio de la noche ,por un perro y un niño pequeño. Nadie durmió en la casa grande. Sólo mi hijo soñaba vaya a saber qué cosas...Alberto coincidió conmigo en que había que bajarla. Apenas amaneció nos dirijimos todos a ver a la enferma. Lo único que había tenido para medicarla eran un jarabe de amoxicilina y uno de dipirona. Con eso había cedido la fiebre,pero la presión seguía altísima, a pesar de los tés caseros que le había preparado el esposo . No podíamos convencerlo de que teníamos que bajarla a la capital. En un momento dado, después de mucho hablar, desaparece, se va. Bueno, me digo, va a preparar los caballos. Al cabo de una hora, regresa,diciendo que nos convidaba unos mates con pan y quesillo ¡Había ido a traer quesillos!!! Adrián desesperaba de la impotencia. Y así se pasó el mediodía, tratando entre varios de convencer al marido. Al fin, después de muchos ruegos, accedió a enviar a uno de sus hijos hacia Ancajuli a buscar ayuda.
- Yo no doy más - dijo Adrián - voy a bajar a pie a buscar ayuda para esta mujer. Hay que aclarar que en esa época no había radio de comunicación, la cual coloqué mucho después, tampoco había celulares,como hay ahora. Estábamos aislados en el cerro. Así fue, y con otro de los hijos,se largó a pie por el sendero con el propósito de llegar hasta la casa del sr Würschmidt y conseguir que enviara el avión hacia Ancajuli. Le quedaban por delante seis o más horas de viaje...
Vimos partir al hijo que iba hacia Ancajuli, en su caballo, con una parsimonia espantosa.Salió a la una de la tarde. Eran las siete y aún no regresaba. Ya anochecía cuando lo vimos bajar al tranco lento por el cerro del frente. Ya había avisado a los comuneros . Vendrían mañana.
Esa noche me trasladé a la vivienda. Y estuve toda la noche con la enferma. Tomándole el pulso, controlando al bebé. Y rezando para que no muriera. A la mañana siguiente amaneció nevando.
A pesar de la claridad matinal, las nubes altas y el frío, los copos caían lentos, pequeños como plumas, suaves y livianos. Era un paisaje de ensueño. Con mi hijo mirando a través de la ventana, todo parecía hermoso. Abrigué a mi hijo,Pablo quedó como un osito,sólo se le veía la naricita. Yo también me abrigué lo más que pude. Hacía frío, frío de verdad. Me preocupé, porque el frío agrava las tensiones.
Uno diría que todo resultaría en un proceso rápido y tranquilo. Pero, en la montaña, las consideraciones que deben guardarse para con un enfermo, son mucho mayores que las que exige un ciudadano común, acostumbrado a las manipulaciones médicas, sin prejuicio alguno. En un principio, mi paciente no aceptaba ser trasladada.Ahí me tocó a mí ser la paciente médica y convencerla realmente fue todo un éxito terapéutico, pero esto no hubiera sucedido si no fuera que previamente habíamos convencido al esposo de las conveniencias de tal traslado. Digo "habíamos" porque entre Alberto, los hijos, los comuneros y yo ejercimos una presión continuada e invalorable para que el hombre diera el "sí". Luego de ello,la enferma se dejó meter en la bolsa, pero al salir al patio se cubrió la cara con ambas manos y con una campera se tapó la cabeza, y nadie pudo observar su rostro durante todo el trayecto, tal era la vergüenza de ser trnsportada por otras personas en ese estado. No fue nada fácil enfrentar esa situación y proceder como si nada pasara.
Se organizó la caravana y comenzó la marcha. Bajo la nieve, con una luminosidad cada vez más creciente,ascendimos la cuesta inclinadísima del primer cerro, muy lentamente.Dos hombres adelante, cuatro llevando la escalera sobre los hombros, dos hijos caminando atrás, dos más a caballo. Cerrando la marcha, Alberto, y yo , de a caballo, mochila al hombro, con Pablo adelante, a quién sostenía con el brazo izquierdo mientras con la derecha sostenía las riendas del caballo. Ibamos lentamente, en parte por lo difícil del terreno,dificultad agudizada por la nieve, en parte porque eran pocos hombres y en gran parte porque el bulto de la enferma en la escalera era impractiquísimo para llevar. A veces, alguno de los hombres daba un trapiés y yo achicaba los ojos al ver cómo se inclinaba peligrosamente la escalera, bamboleándose sobre el abismo. Luego vino el descenso,con iguales dificultades y por fin, la quebrada larga. A pesar de la carga y de la fatiga, hicimos el traslado en tiempo récord: en cuatro horas estuvimos en Ancajuli. Eran las dos de la tarde.
Colocamos a Marta en una cama del dispensario, la única. Busqué desesperadamente un hipotensor y lo encontré. No el más adecuado, pero servía. Logré, con sucesivas inyecciones hacer descender la presión de 300 a 180, no más, pues era peligroso para el bebé por nacer. Más tranquila, la paciente se durmió, cansada y menos agobiada.
Yo salí a la pista, en una de cuyas cabeceras se habían sentado todos los viajeros a esperar el avión, que suponíamos, tendría que llegar esa tarde. Esperamos allí, sentados en el pasto, charlando, una, dos, tres horas. El cielo se había limpiado y lucía celeste, con todo su esplendor. Nuestros oídos se aguzaban tratando de sentir el motor del avión en la lejanía. Nuestros ojos inutilmente escudriñaban el cerro que llaman "la pantalla" en búsqueda del punto luminoso descendente, listo para aterrizar.
Los comuneros , cansados de la tarea fatigosa, deseosos de volver a sus hogares, fueron retirándose uno a uno. Al anochecer quedamos en el dispensario, a la luz de una vela,la familia, yo y Pablo, mi hijo. Con el apuro, y convencidos de que apenas llegáramos vendría el avión, nadie había traído nada para comer. La comuna de Ancajuli brillaba por su ausencia. La casera de la Sala de Ancajuli nos alcanzó un pan amasado y mate cocido. Cenamos un pedazo de pan cada uno, porque éramos muchos y yo dejé mi pan para Pablo, que desfallecía de hambre, pobre. Los hombres se acomodaron en la sala de atención. La enferma, en la única cama, en su bolsa de dormir,Pablo y yo en la habitación del enfermero.Nosotros en el suelo de piedra laja, las cabezas sobre las monturas y cubiertos con los peleros de los caballos. La preocupación de mi hijo era manifiesta. No se dormía, preguntándome si esa señora ya se moría. Era evidente que sentía mi angustia y la de los demás. Durante toda la tarde había repetido sin cesar, mirando el horizonte: ¡Es el avión, es el avión!...Ahora, con el silencio, todos dormidos, en ese ambiente inhóspito, me costó tranquilizarlo. Por fin logré que se durmiera. Pero yo no dormí. Con la angustia de permanecer esperando otro día más, la presión de la enferma subía peligrosamente y había que mantener un permanente control.
Amaneció, por fin. Me temblaban las manos.Los nervios a punto de estallido. El hambre me atenazaba el estómago. El frío de la noche y el suelo duro y helado me habían aterido mandíbula, manos y pies. Volvimos a esperar. La mañana era de sol, límpida, impecable,azul, perfecta. Alguien nos alcanzó mate y eso bebimos.Esta vez quedamos solos, el esposo, Pablo, yo y mi paciente. Los hijos regresaron a la casa a cuidar del ganado.
Eran las dos de la tarde cuando el ruido del motor sacudió nuestro letargo, mientras sentados al lado de la pista, observábamos incansablemente el horizonte. Sólo el que alguna vez esperó con ansias el avión en el cerro sabe lo que eso significa, es algo que no tiene explicación. Mirar y mirar el horizonte para ver llegar el punto salvador. Al grito de : ¡El avión,el avión!, todos nos levantamos al unísono como por un resorte. Carreteó por la larga pista de tierra y se acercó delicadamente, como un ave inmensa. En un santiamén acomodamos a la enferma. Subimos el esposo, Pablo y yo, y como en un sueño, nos elevamos como ángeles sobre el horizonte azul.Abajo pasaron raudamente cerros nevados y ríos. Y quedaron atrás.Atrás quedaron el eterno esperar, el hambre, la fatiga, el frío.Ahora todo parecía acelerarse.
Juntos llevamos a Marta hasta la Maternidad sin tardanza.
Le preguntó a la enferma si le dolía algo, si estaba mareada.
- Un poco el costado- fue la respuesta.
Con un dejo de suficiencia profesional se dispuso a controlar la tensión arterial. Infló el manguito del tensiómetro y al llegar al máximo comenzó la cuenta. De pronto, inclinando el busto hacia adelante y abriendo desmesuradamente los ojos, lo deinfló nuevamente y volvió a contar. Yo ya sabía lo que estaba sucediendo.Así como estaba, dejó el tensiómetro en el brazo y salió apresuradamente. En un instante, la guardia hervía de practicantes y enfermeras. Llegaron al mismo tiempo,el médico clínico, el obstetra y la jefa de la guardia. Por supuesto, el caso era extraordinario. En el pasillo se escuchaba : ¡24 hijos! ¡Neumonía! ¡Crisis hipertensiva, increíble! ¡No es posible! ¡Misterio! ¡Impresionante! ¡Extraordinario,qué mujer, qué resistencia, no le duele la cabeza, siquiera...
Se preparó el quirófano en un instante. En la jefa de guardia reconocí a mi amiga Nelly Salazar, quien iba a practicar la cesárea. - Ven- me dijo - cámbiate para que entres al quirófano conmigo.
Mi paciente estaba muy tranquila. Sonreía y contestaba con paciencia y con su habitual estilo imperturbable todas las preguntas de los practicantes curiosos.La cirujana le preguntó por protocolo si deseaba que le hiciera una ligadura para no "encargar" más hijos.
- Más vale- le contestó sonriendo.
Así, fue adormeciéndose y se procedió a la cesárea. Lo que ví sólo pertenece a los claustros médicos, pero también fue algo extraordinario. Todo funcionó a la perfección, la presión controlada por la medicación, la hipoventilación con oxígeno.
Y nació la niña. Blanca. Gorda. Rosada. Sin signos de sufrimiento fetal. Como nunca ví un bebé nacido por cesárea. Llena de un unto grasoso como manteca.
Lloró con un sonido hermoso. El más bello que nunca escuché jamás.
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