domingo, 28 de junio de 2020





                    ÑORCO I  :


                                  Era la primera vez que subiría la montaña a caballo. La verdad es que de caballos no sabía nada, alguna que otra caricia a algún animal atado por ahí, o una rápida cabalgata en un pony del Parque 9 de Julio...
    Me trasladaba un chofer de Operativos Sanitarios en una camioneta Ford 100, excelente chofer, a 120 km/h, haciendo toda clase de piruetas. El camino desde Chuscha hasta El Chorro era un camino tortuoso, no sólo por sus continuas curvas y contracurvas, sino también por las sucesivas bajadas y subidas, a veces en medio de la tierra, barro y espinillos punzantes, extremadamente angosto a través del monte semiachaparrado del noroeste tucumano.Pese a todo, íbamos a la mayor velocidad permitida, lo que producía bastante vértigo. La verdad, no sé todavía , cómo hacía este chofer para tomar la desviación correcta a semejante velocidad. De esa manera llegamos a El Chorro a las nueve de la mañana.
     El Chorro es un lugarcito extremadamente hermoso. De pronto el monte se abre y da lugar a una quebrada dulce y luminosa, llena de verde vegetación, atravesada de punta a punta por un arroyo cantarino en cuyas orillas crecen verdísimos sauzales. Entre las piedras, dos o tres patos bien blancos hunden su pico anaranjado en el agua rumorosa, surcada de vetas espumosas. Allí me esperaba el agente sanitario de Ñorco, don Angel Romelio Reyes, hombre muy bien dispuesto y trabajador, gracias a quien Ñorco debe el haber cumplido siempre con los programas de vacunación y a quién mucha gente debe la salud y la vida. Al costado, pastando, esperaban tres caballos, dos de silla y uno de carga. Me acerqué temerosa al animal destinado para mí. El chofer reía y hacía bromas : Dra, cuando suba tiene que mirar para la cabeza del bicho...
    - Acerquesé Dra, el animal es mansito y no le va a hacer nada - Me animó y al mismo tiempo me apresuró don Reyes, sosteniéndome el estribo. Me acomodé en la montura, subió él a su caballo y nos despedimos del chofer que se marchó agitando las manos hasta desaparecer en una curva del sendero.
    El camino transcurrió lento,el animal de carga venía último, atado a mi montura. Yo , a la vez, con las riendas del mío atadas a la montura de don Reyes. Como se puede ver, era una carga más...De esa manera, sin tener que tomar las riendas me dediqué libremente a observar el paisaje que me rodeaba, admirando las extrañas curvas que forman los pequeños cerros a ese nivel. Después de cuatro horas de andar lentamente, casi sin hablar, divisamos el dispensario primero, luego el río y por último, la Escuela.
    Bonita Escuela en verdad, con relación a las otras Escuelas de la montaña. Me sorprendieron agradablemente su aseo y su blancura. Estaba recién pintada con cal. Construída por la buena voluntad y el empeño de la esposa del agente sanitario, Eugenia de Reyes, Directora de la zona, mujer amable y empeñosa, decidida, que me atendió de manera excelente durante todo el tiempo que estuve en su Escuela, hasta que le tocó jubilarse. De ella conservo un enorme y hermoso recuerdo. Guardo la mejor de mis estimas a esa mujer que me recibió con los brazos abiertos , con tanta generosidad.
    La Sra de Ñorco, como se autodenominaba ella misma , era una mujer extremadamente activa, que llevaba años en la Escuela y que a las seis de la mañana ya estaba de pie impartiendo órdenes a empleados y maestros, escuchándose desde lejos su voz sonora e incansable. Ello me obligaba a no ser menos, de tal manera que a las siete todo el mundo ya estaba levantado y desayunando en la hogareña cocina de la Escuela.
    Llegábamos ya a la Escuela , cruzando lentamente el río. Yo, vestida con jeans nuevos, camisa denim a cuadros, botas altas de cuero pero... cuyo caballo venía arrastrando el agente sanitario.
    La llegada a la Escuela de Ñorco quedará grabada para siempre en mi memoria por dos motivos. La Directora, avisada por los niños de que ya llegábamos hizo que formaran doble fila a la puerta de la Escuela y , al entrar mi caballo a ella, un sinfín de pequeñas manitos irrumpieron en un , para mí, emocionado aplauso. Fue algo que no me esperé y que recuerdo con lágrimas en los ojos, ya que en esos momentos las tenía, hacían que se me encogiera el corazón de pena al extrañar al mío, al propio hijo que dejaba tan lejos, al cuidado de mis padres, pero...¡Estaba tan , pero tan lejos!...Los aplausos me devolvieron a la realidad. Me sentí emocionada, única y orgullosa. Me parecía ser la primera persona en llegar a este remoto lugar. Algo así como la sensación de ser Eva. La única mujer...
    Ese fue uno de los dos motivos de gratos recuerdos de Ñorco. El otro, no tan grato, fue descubrir muy pronto que los niños se reían entre sí de algo que les causaba gran diversión. Y era el hecho de haber llegado a las rastras, como una carga más. Me produjo tal sensación de vergüenza que decidí que al día siguiente nomás llevaría yo misma las riendas de mi caballo , así tuviera que morir en el intento...Le agradezco a don Reyes , quién , haciendo buen uso y abuso de sus caballos me llevó a través de laderas y cumbres, precipicios y ríos y me convirtió en no pocos meses de mucho esfuerzo en amazona impecable.
    Por el momento, recibida de forma tan gratificante, sintiéndome tan bien entre esta Directora, su esposo y una pequeña hija, que vivían para el trabajo y el estudio de una manera tan plena, tan viva y con tanta fuerza, y al mismo tiempo saludablemente alegres, comimos un exquisito guiso, luego sopa y por último postre y café, y "con la panza llena" como quien dice, nos fuimos a descansar del largo viaje, bien merecido descanso, el cual, en la montaña, es inevitable.

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